Retroceso demagógico

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Por Juan José Echevarría

 

La profusión de instrumentos electivos a los que asistimos en los últimos años como las elecciones primarias o la plasmación del denominado derecho a decidir no implican necesariamente un avance democrático. Es más, en la mayoría de las ocasiones su implementación supone un retroceso demagógico.

 

El último ejemplo de ello ha sido la invocación de Pedro Sánchez a convocar unas primarias con las que eludir sus responsabilidades en los últimos cuatro comicios celebrados, donde el PSOE que él dirige ha encadenado fracaso tras fracaso. El secretario general socialista pretende así obviar esas derrotas, apelando a los militantes a una consulta sobre su persona.

 

La utilización de los referendos, sean del tipo que sean, ha sido históricamente una constante, aunque probablemente el culto a la personalidad, capaz de eludir objetivos fallos, nunca fue tan exacerbado como en la época de entreguerras del siglo pasado, con las consecuencias tan negativas que ocasionó.

 

El PSOE cometió un error en 1998 cuando incorporó a su acervo electoral las primarias, tal vez por influencia de los sistema electorales anglosajones. En los años siguientes fue otorgando a tal instrumento la consideración de definitivo, debilitando la capacidad decisoria de sus congresos. De tal manera que actualmente, el proceso electoral interno socialista aduce de excesivo protagonismo personal en detrimento de las discusiones ideológicas y estratégicas. Lo segundo lo propiciaban unos congresos verdaderamente decisorios, no como los que hay hoy en día. Además, tenían la virtud de incentivar el consenso, a la par que debatían las diferentes federaciones territoriales.

 

Todo eso ha sido sustituido por apelaciones a la adhesión personal y maniqueos planteamientos, básicos, como el de a favor de Rajoy o en contra. Toda una demagogia que pilla a un partido centenario, no sólo en horas bajas, sino desprovisto de unos sabios instrumentos electorales internos que durante muchas décadas fueron los propios y propiciaron su engrandecimiento, lo que le permitió alcanzar democráticamente el poder.

Foto tomada de internet: www.tercersector.cat

À bout de soufflé

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Por Juan José Echevarría

À bout de souffle

 

Pedro Sánchez ha tardado más de tres meses en comprobar lo evidente: que no existe otra fórmula para conformar un gobierno sólido que no pase por el acuerdo entre las dos formaciones más votadas en las elecciones del 20 de diciembre. Tras el recuento en aquella noche electoral quedó claro que el resto de alternativas llevaban a un callejón sin salida. Pese a ello, el secretario general socialista decidió poner en práctica una estrategia que solo se explica por el deseo de mantenerse al frente del PSOE, pese a haber obtenido los resultados más flojos para su formación en unas elecciones generales en los cerca de cuarenta años que llevamos de democracia restaurada.

 

No obstante, tal constatación no implica necesariamente que tengamos que acudir de nuevo a las urnas. En estos más de cien días perdidos ha habido avances. El principal, el acuerdo entre PSOE y Ciudadanos, que es una base para conformar gobierno, aunque numéricamente insuficiente y que necesita incluir al PP, la formación más votada, que no la ganadora, de las elecciones del 20-D.

 

Una negociación más técnica que política permitió que el segundo y el cuarto partido más votado cerraran un pacto, En aras de alcanzar la mayoría del Congreso de los Diputados es necesario renegociarlo con el PP, lo que nos devuelve a la noche electoral, pero con la mejora de partir del único cimiento logrado en todo el invierno pasado.

 

Para el buen fin de ello, no obstante, es perentorio proseguir en el nivel técnico iniciado. Es decir, es fundamental no caer en personalismos que hagan descarrilar el objetivo de lograr formar gobierno. Y aquí tiene una responsabilidad, también muy evidente, Mariano Rajoy, cuya actuación en estos últimos cien días no ha contribuido a facilitar el camino para hallar una solución aceptable para PSOE y Ciudadanos. Es pues necesario que el presidente del gobierno en funciones de un paso hacia atrás y permita a su partido proponer al nuevo inquilino de la Moncloa.

 

En definitiva, la solución que evite la reiteración electoral, algo preferido por la mayoría de la ciudadanía a tenor de las últimas encuestas, pasa por constituir una mesa negociadora entre las tres formaciones, que alejadas de personalismos, alumbren el acuerdo. Tiempo hay todavía. Más de medio mes antes de llegar al dos de mayo, la fecha en la que se deben disolver las Cortes.

 

Sin embargo, todos los actores políticos, salvo Ciudadanos y el PSOE, parecen decididos a lanzarse de nuevo a la campaña electoral, destacando en ello un Pablo Iglesias que ha iniciado un gira para cohesionar a sus bases con un discurso victimista, achacando a los socialistas haber impedido la reedición de un Frente Popular, cuyo solo recuerdo del habido durante la Segunda República nos debería echar a temblar. Como entonces, el líder de Podemos es consciente que solo con la ampliación de los nacionalismos les salen las cuentas y confía en que unos nuevos comicios confirmen su diagnóstico. Por ello, ha puesto en el escaparate de su oferta electoral el derecho de autodeterminación, a modo de anzuelo para pescar más votos. Ante tal radicalismo, el PP se muestra a gusto, porque el miedo al escenario ideado por Iglesias, puede cambiar la tendencia de sus votantes a fugarse hacia Ciudadanos.

 

De ello deben ser conscientes las formaciones de Albert Rivera y Pedro Sánchez. Ambos partidos han demostrado en estos tres meses y medio que se puede llegar a acuerdos, aunque el suscrito por los dos no alcanza la mayoría necesaria, cálculo evidente desde la noche del 20 de diciembre. Por ello les conviene ampliarlo al PP.

 

Un pacto que excluya de responsabilidades futuras a los dos principales causantes de que hasta ahora no haya sido posible: Rajoy y Sánchez. Algo razonable por el bien general. Como Jean-Luc Godard retrató en aquel inolvidable París de la década de los sesenta, con un magistral Jean-Paul Belmondo que interpretaba el egoísmo, el presidente del PP y el secretario general del PSOE deben ser conscientes que han llegado al final de la escapada: à bout de souffle.