Con una brisa del norte

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Por Jorge de Arco

 

     Bajo el título de “Nortes” (Norbanova. Madrid, 2016), se edita el tercer poemario de Antonio Linares Familiar. Este salmantino (Peñaranda de Bracamonte, 1962) afincado en Madrid, lleva años alternando su labor docente con su actividad lírica y traductora.

 

En 2011, veía la luz “El perfil de la torre”. En esta entrega, Antonio Linares apoyaba su contemplación sobre un tiempo distinto y renovador, y sus ojos se detenían en los perfiles y las luces de una Naturaleza fraternal y sanadora:

 

La mirada se torna familiar

ante el diálogo de las piedras;

los días caen entre los surcos

arados con sal de lagrimas

bajo un sol en agonía,

mientras, ajeno a mi caminar,

busco una flor azul.

 

Ahora, en “Nortes”, la “flor” sobre el que pinta su cotidianeidad, se va plagando de incertidumbres, de ausencias, de aguaceros, de nombres, de soledades, de insomnios… que susurran junto al corazón la llama del tiempo inexorable.

La memoria se derrama y se recuesta en los silencios que sirven de reflexión a un yo poético esperanzado si descreído:

 Nortes portada

Miro hacia donde no estoy

y descubro una figura

perdida en la esquina de la edad:

con una señal me indica

trazos de mi sombra y

con una brisa del norte

los arrastra hacia una escalera de caracol

y nos reúne a la mesa

par diluirnos en este momento.

 

 

En el decir del vate salmantino se funden elementos de indudable interés: un personal simbolismo, una íntima reflexión sobre el  ceremonial de la existencia y una visión realista y, en cierta medida, descarnada, sobre la finitud del ser humano. Elementos, al cabo, que se conjugan de manera solidaria bajo una luz común y reveladora.

 

Dividido en cuatro apartados, “Norte de lugares y memorias”, “Norte de las convicciones”, “Norte de los silencios” y “Norte de la (in)con(s)ciencia”, el volumen va trazando un mapa de andanzas y remembranzas, de soles y lunas, de  pavesas y llamas.., que sostienen las pretéritas y las vigentes vivencias que conforman el día a día del poeta:

 

Aquí ahora, asumo los requisitos de estar vivo.

Injerto mi alma en su cauce,

disuelvo los miedos en la esperanza

para que mis cenizas en alguna mirada

sean viento, lluvia, árbol, o una lágrima.

 

Después de leer -y releer- los versos de Antonio Linares, he recordado, al poeta suizo Hans Grapp, quien dejara escrito en su libro “Monólogos del tiempo”: “Mi Norte no tiene fronteras./ Mi Norte es una herida,/ una palabra huérfana./ Mi Norte es el rincón de mis anhelos”.

Los anhelos, sí, las inquietudes, las preguntas, que van surgiendo al hilo de estas paginas, conforman el universo almado de un escritor de palabra viva y verdadera, honda y  desnuda, que pugna por salir ileso de la desigual batalla contra la vida:

Escucha a las urracas,

graznan mis pecados

más allá de esta copa

que se vierte sobre mi tumba.

 

Palabras en la tarde de Juan Cueto

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Por Jorge de Arco

 

Bajo el título de “Palabras en la tarde”, se reúne una atractiva antología de Juan Cueto-Roig (Verbum. Madrid, 2017), escritor cubano, nacido en Caibarién y exiliado en 1966, que reside actualmente en Miami.

 

Esta compilación aglutina poemas de sus dos libros editados, “En la tarde, tarde” (1996) y “Palabras en fila, en clase y en recreo”, además del apéndice “Últimos poemas”.

 

El decir de Cueto-Roig tiene una intención esclarecedora, un fondo de serena coherencia y su expresión se orilla al par de un verso solvente. Testigo de cuanto sucede en derredor de sus días y su corazón, sabe modular los tempos líricos y envolverlos en la sonora música callada que dicta su oficio de creador. Así, en su poema titulado “En la tarde, tarde” escribe:

 

Que no sea en la noche,palabras-en-la-tarde

ni en la mañana;
que tampoco se prestan las mañanas

para muertes ni despedidas.

 

Que sea en la tarde, tarde.

A esa hora en que parten las aves

en plácida fuga.

Y que llueva.

Una lluvia de invierno

pertinaz y sombría

que borre horizontes

y el color suprima.

 

Sí, quisiera morir

en una tarde borrascosa y fría,

como lo hace a veces

sin darse cuenta el día.

 

El vate cubano domina las formas tradicionales y sabe conjugar su verso al hilo de variadas estrofas –sonetos, décimas…-, sin dejar atrás, en otros casos, el son del verso libre.

En sus textos, el lector hallará una temática diversa y una manera muy personal de modelar su discurso; de ahí, que surjan ecos irónicos, resonancias de honda meditación, apuntes amatorios y notas que sirven de sentido homenaje a poetas compatriotas. Virgilio Piñera, Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante, Alejo Carpentier, Lezama Lima y Eliseo Diego tienen aquí su emotivo espacio reservado.

De este último, precisamente, escribe Cueto-Roig:

 

Tendrá que ver cómo hablaba

cuando nombraba las cosas

tan despacio, tan hermosas

en su voz las recreaba,

que más que hablar transmutaba

en oro en polvo, la nada.

Y al relatar la jornada

de sus urbanos paseos

convirtió en Campos Elíseos

con su voz a una calzada.

 

En este inventario íntimo de anhelos y regresos, de adioses y esperanzas, hay una otredad de solidaria contemplación, una forma de mirar el mundo de la cual extrae el sujeto lírico su material. Entre “flores aladas”, bajo la “geometría del silencio”, junto a “la papaya y el plátano”, al lado de “los nombres y las cosas”…, su cántico sigue bordeando el azar del futuro, la incertidumbre del mañana. Y todo ello, dicho mediante un verbo  que no quiere hundirse en los fríos  abismos de la existencia:

 

Tiene algo de lágrima el agua,

toda agua.

Lo insinúa tímido el rocío.

Lo sugiere la lluvia,

su tristeza,

la gota en el cristal

…hasta el mar:
de un dios quizás

esa única inmensa lágrima en el espacio.
 

El volumen se completa con una selección de poemas traducidos por el propio Cueto y que recoge las voces en castellano de William Shakespeare, Emily Dickinson, William Butler Yeats, Archibald McLeish, Carl Sandburg, Wendel Berry, e.e.cummings, Constantino Cavafis y Abel Meeropol.

Felipe Lázaro , exilio y residencia

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Por Jorge de Arco

 

Con el titulo de “Tiempo de exilio” (Betania. Madrid, diciembre, 2016), ve la luz una atractiva antología de Felipe Lázaro.

Este cubano, nacido en Güines en 1948, abandonó su isla en 1960 y tras residir hasta 1967 en Puerto Rico, llegó a España, donde se licenció en Ciencias Políticas y Sociología, participó en múltiples actividades como promotor cultural y fundó la editorial Betania, que actualmente dirige.

 

Esta florilegio, que abarca cuarenta años de creación poética (1974 – 2014) -y amplía la que se editase trece años atrás, “Fecha de caducidad -1974 -2004”-, contiene un anexo, que recoge 16 poemas publicados en revistas, compilaciones o libros dedicados a otros autores, bajo el epígrafe de “Tiempo de exilio”

El resto del conjunto reúne textos integrados en los otros cinco volúmenes publicados por Felipe Lázaro hasta la fecha: “Despedida del asombro” (1974), “Las aguas” (1979), “Diritambos amorosos” (1981), “Los muertos están cada día más indóciles” (1987) y “Un sueño muy ebrio sobre la arena” (2003)tiempo-de-exilio_p1

 

Su condición de exiliado ha marcado en buena medida la identidad lírica de Felipe Lázaro:

 

Todo exiliado es un sobreviviente

que rescata del naufragio la patria

convirtiéndola en su única balsa,…

 

escribe en el poema “Fecha de caducidad”.

 

En el prefacio a esta renovada edición, Francis Sánchez ahonda en las claves líricas del vate cubano. Además de la ya anotada temática del exilio, advierte de que su poesía va refrenando los sentimientos dramáticos” y se inclina hacia  tonos de aliento festivo, irónico”, donde surge “la búsqueda de la felicidad sin el plomo de la política”. Los textos de trama amatoria constituirían el tercer apartado de su tipología argumental.

 

La relectura de estos textos me ha devuelto el son acompasado, revelador y valiente de un poeta que apuesta por llamar a las cosas por su nombre, y que batalla, por igual, en pro de la justicia y de la integración, de la felicidad y la esperanza:
Al final, somos como líneas paralelas,

la nada más temática y plural:


intentar siempre un exilio que nunca termine.

 

Los versos del vate cubano se suceden y se crecen con la necesaria  hondura que la poesía necesita, con el latido veraz que haga removerse y conmoverse al lector:

 

Tan fría es la ausencia

 que hasta el silencio

 se hiela.

 

Al decir de Felipe Lázaro, se une otro aspecto relevante: la nostalgia, la cual agrandándose al par del tiempo vívido y vivido y que torna ansiedad la memoria. Y hay espacio, también, para la existencia, para el olvido, para el dolor, para la ternura, para el deseo…:

 

 Eres mar y eres tierra a la vez:


mujer poblada de la más estricta belleza.

Eres una larga y pausada sonrisa

una tierna mirada sedienta de placer.

(…)

Y aún así seremos lo que quisimos ser:

amor y algo más que amor,

sexo y algo más que sexo, hueco o relleno,

furia o abismo.

 

Felipe Lázaro ha ido ha ido trascendiendo su voz, madurando su cantico, y esa depuración verbal ha derivado en  un verso de mayor rotundidad, de sonora dicción.  Todo ello, resulta aún más palpable, cuando el poeta afronta el tema de la mortal existencia, cuya sombra sobrevuela con intensidad esta antología: “La muerte espera apacible su mejor hora (…) como una gata en celo aúlla su vaticinio,/ me cerca las cejas hasta poblarlas de espanto,/ cerciorándose de que no escape a sus llamadas”.

 

Al cabo, una antología enriquecedora e ininterrumpida, gratamente humana, dadora de verdades y de enigmas.

DE MADRID, AL CIELO

depoesiaIberoamericana

 

 

 

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DE POESÍA IBEROAMERICANA                                               

 

Jorge de Arco

 

DE MADRID, AL CIELO

 

    

      Cuando el otoño va ganando terreno y su luz cobriza va cerniéndose sobre Madrid, el color de su cielo se torna inolvidable. Sus reflejos pueblan de luz la memoria y es fácil volver a la infancia de los parques, al placer de contemplar, boca arriba, el pasar de puntillas de los días, con sabor a felicidad y sosiego.

En sus amaneceres silenciosos pareciera que Madrid se vuelve fábula de poetas, y de nuevo el príncipe Ocno Bianor nos resucitara del olvido aquella ciudad griega que hizo llamar Mantua para honrar a su madre. Después sería Mantua Carpetananorum -para diferenciarla de la italiana- y también Viseria, Ursaria u Orsaria, por la abundancia de osos en estos territorios para más tarde hacerse arábiga y Magerit, “madre del saber”, “lugar de aires y vientos saludables”.

 

Siempre he vivido en esta villa de asombros, de madroños, de inauditos remedios para cualquier mal. Y en ella he saldado amoríos y soledades, y de ella me he alejado muchas veces, para siempre volver… “Adiós, Madrid; adiós tu prado y fuentes/ que manan néctar, llueven ambrosía”, escribió Cervantes.

Porque Madrid hace ausencia en quien debe abandonarla, y la melancolía del que marcha se volverá deseo de retornar, de alzarse de nuevo entre sus secretos, al mediodía o en la medianoche, cosida su alma a la de esta metrópoli heroica. “A la luz que tus aires aposenta/ Cervantes le dio voz, Velázquez brío/ Quevedo sombras, Calderón afrenta/ rodeando las llamas su vacío./ Y Goya con sutil mano violenta/ máscara de garboso señorío”, dejó dicho Bergamín.

 

Tantos ilustres personajes han sido testigos de su hálito acogedor y tantos han vertido sobre ella pluma, pincel, inspiración… En este siglo veintiuno, Madrid nos sigue llenando con su misterio, con sus sueños, y fiel a su capitalidad permanece como marco indispensable para muchas y muy variadas iniciativas culturales.

 

Ahora, con la reciente publicación de “De Madrid, al cielo” (Editorial Verbum, 2016), esta metrópolis de aliento único retoma su autenticidad lírica.

La antología que me ocupa recoge más de sesenta voces que dedican su cántico a esta valerosa y sugestiva urbe. Se abre el volumen con textos de Luis de Góngora, Tirso de Molina, Francisco de Quevedo, Calderón de la Barca…, para después memorar el decir de Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Miguel Hernández…, y dar paso a un buen número de poetas hispanoamericanos como el uruguayo Mario Benedetti, la argentina María Dinova, los peruanos Alfredo Perez Alencart y Segundo Hoyos Campos, el guatemalteco Héctor Rodas Andrade, la ecuatoriana Siomara España o la colombiana Andrea Naranjo Merino, que escribe en su poema “Movida”:

La noche pasó

como pasa la vigilia

entre el sueño y la distancia.

La movida aún se yergue

en una calle de grandes fauces

junto al viaje que recluyó

el hidalgo en su memoria.

 

Mas no acaba aquí la nómina nacional ni internacional, pues también los textos de Cecilia Álvarez Ángel Guinda, Juan Carlos Mestre, Ángel Petisme, Beatriz Hernanz, Almudena Guzmán, Nuria Ruiz de Viñaspre Beatriz Villacañas o Verónica Aranda…, se unen a los de los iraquíes Abdul Hadi Sadoun y Muhsin Al-Ramli, el saudí Saleh Zamanan, el cubano Luis Rafael o el puertorriqueño Mario

Antonio Rosa:
Madrid, de mis encuentros, Madrid, de mis insomnios.

Ciudad abierta en la herida alegre de las voces, cuerpo de aire,

que se posa de espejos en la lengua de los ojos

para cantarte.

 

El escritor ibicenco José Manuel Lucía Megía afirma en su prefacio que este Madrid “es de todos porque a nadie pertenece, a nadie nunca ha pertenecido. Un Madrid que es de encuentro y de sueños, de esperanzas y de realidades. Un Madrid que es un cruce de caminos donde no tiene sentido la palabra extranjero. Un Madrid que es vida y que da vida a quien sueña”.

 

Y a buen seguro que continuará dándola, pues en su callar y en su bullicio, en su eterno pálpito, habrá segura lumbre que siga encendiendo el alma poética.

 

 

Para espantar el miedo

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Por Jorge de Arco

 

Por vez primera, se reúne en un solo volumen toda la poesía de Piedad Bonnett (Amalfi, Antioquía, 1965). Esta dramaturga, ensayista y novelista colombiana ejerce la docencia en la Universidad de los Andes y, desde hace tres décadas, vive con devoción su entregada actividad al campo de las letras.

 

 

Su obra lírica se inició en 1989 con “De circulo y ceniza”. A éste, le seguirían, “Nadie en casa” (1994), “El hilo de los días” (1995), “Ese animal triste” (1996), “Todos los amantes son guerreros” (1998), “Lección de anatomía” (2006), “Las herencias” (2008) y el más reciente de sus poemarios -ganador del Premio “Casa de América” 2011- “Explicaciones no pedidas.

 

 

El decir de la poetisa colombiana se articula desde la certidumbre de una cotidianeidad que libera su interior, desde la verdad de un cántico que resucita los instantes alados e  inventaría los paisajes, los nombres y los presagios de una vida de penumbras y soles, de ausencias y presencias:

 

pilarbonet

 

“Frente a la enorme puerta te detenías.

La noche te apretaba los riñones

y un agua clara y tibia corría hacia tus pies.

Había luz en las rendijas, voces

apagadas, secretas: torpes ruidos

que no debías oír. Quizá ese pedregoso

suspirar fuera llanto. Quédate allí en cuclillas,

silenciosa. No tiembles.

Pronto pasarás esa puerta. Para siempre”.

 

 

En una reciente entrevista, afirmaba Piedad Bonnett: “Creo que en general los procesos de creación necesitan tiempo, lentitud (…) Depende también de cómo emerge de uno, porque la poesía es muy mágica, muy subconsciente, la poesía asocia cosas más allá del dominio que uno tiene”.

Y, en verdad, que esa diversidad de “asociación” a la que se refiere, se manifiesta de manera evidente en este volumen. Sus versos se orientan hacia la visibilidad profunda de la palabra, hacia el conjurado cromatismo de una lírica que resplandece como un sugestivo don:

 

 

“Hoy que han tapiado todas mis ventanas,

el tragaluz, las fieras celosías,

que han cosido mis ojos con esparto

y han sellado este cuarto donde ardieron hogueras

(y donde tejió el sueño sus fantasías)

debajo de mis párpados alumbra un par de soles

y un cielo de memoria

arde eterno en mis noches y mis días”.
Piedad Bonnett va reescribiendo a lo largo de sus libros su dicha y su zozobra, su música y su lluvia, su silencio y su sortilegio, y lo  dejo impreso en estas páginas para que el lector se apropie de todo ello, de toda su realidad, de todos sus sueños.

Su lenguaje nace de un acordado compás y con personal pericia sabe cómo fusionar la cadencia y la emotividad de su verbo para extender su mensaje más allá de la sed que nace de su lírica fábula existencial:

 

 

“No sabes lo que llevas

en tu valija. Cuando la abras

volarán golondrinas

y murciélagos a los que harás cantar

para espantar el miedo”.

 

 

Al cabo, un volumen abarcador y luminoso, que aúna la obra de una autora que tiene la destreza de relatar sus experiencias y hacerlas trascender hasta universalizarlas. Y convertirlas en cómplice identidad, en solidario hechizo para el lector.

 

La Luz precisa de la Sombra

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Por Jorge de Arco

 

“Materia del asombro”, la antología de Jesús Munárriz aparecida en Hiperión es, en su género, una obra singular y sugeridora. Publicada en Monterrey (México) en la primavera del pasado año, ha visto la luz en España (2º edición) meses atrás.

Se trata de un volumen abarcador (1970 – 2015) donde el firmante de la selección, Francisco Javier Irazoki, ha optado por agrupar los poemas en apartados temáticos: “Primeras señales”, “Visiones”, “Palabras cívicas”, “Siete nombres”, “Naturales” y “Últimos asombros”. En cifras, se reúnen aquí muestras de diecinueve obras y cuarenta y cinco años de creación.

En la nota previa, el propio Irazoki, escribe: “La cifra 75 sirve para contar el número de composiciones incluidas y la edad de Jesús Munárriz a la hora de editar esta antología”.

 

Quien esto escribe, ha sido fiel a la trayectoria de este oriundo de Navarra, nacido en San Sebastián en 1940 y afincado en Madrid desde la década de los 70, por demás sobresaliente editor, cuya colección “Poesía Hiperión” es objeto de referencia de la actual y pasada poesía nacional e internacional, a las que, además de con sus versos, ha enriquecido con su traducción de poetas de otras lenguas. Al hilo, precisamente, de tan noble labor, dedica Munárriz un sentido y sincero poema, “Monólogo del poeta editor”:

 

“A mí también recuérdenme

más por los que edité que por los que escribí,

aunque éstos los tracé con mis mejores artes

y a algunos les gustaron”.

 

En una reciente entrevista, el propio Munárriz afirmaba que “en la poesía cabe todo, si se sabe cómo portada-la-luzsdecirlo”. Y no cabe de duda de que esta compilación da muestras sobradas de cómo se dice la buena poesía y de cómo la variedad temática de sus textos deriva  en sonora virtud.

En sus páginas, el lector hallará muy distintos paisajes que el yo poético recrea y revive no sin cierta nostalgia. Así, Jena, Turingia o Weimar, se entremezclan con Madrid, Bogotá o un pedazo de la infancia en Navarra:

 

“Me veo hace ya cuarenta años

en el mercado viejo de Pamplona,

que entonces era el único,

la mañana del sábado

en vísperas de Nochebuena.

Voy de la mano de mamá, bien abrigado;

nieva al pasar por el Ayuntamiento”.

 

A su vez, diferentes protagonistas desfilan por la mente y la pluma del autor; unos, cercanos y amigos, como Chicho Sánchez Ferlosio, otros, siempre admirados y queridos: Hölderlin, Van Gogh, José Asunción Silva… A éste último, precisamente, dedica una bella y emotiva elegía, “Silva”: “…nos sigue sorprendiendo, fascinando,/ nos sigue conmoviendo,/ nos sigue provocando/ la belleza”.

 

Y junto a estos instantes e instantáneas citadas, surgen momentos que remiten a una lírica donde prima la enseñanza, la revelación, el conocimiento, el poder, el diálogo, el abandono, la dicha, el desconsuelo, el erotismo… Todo ello, mecido por una precisa música donde el ritmo versal acompasa la verdad de cuanto aquí se canta y cuenta: “La vida, la vida, la vida/ te está esperando; ve a buscarla,/ descúbrela, disfrútala,/ emprende el vuelo, abre tus alas”.

 

Ya dejo escrito la uruguaya Delmira Agustni que “la poesía es lo que queda después del asombro”. Jesús Munárriz lo sabe desde hace tiempo. De ahí, que esta sugestiva “Materia del asombro”, resulte un generoso ejemplo de compromiso y autenticidad tras décadas de entrega literaria: “Todo en mi obra es sugerencia,/ adivinanza, trampatojo;/ la luz precisa de la sombra,/ de encubrimiento el esplendor”.

Un ensayo de ensayos

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Por Jorge de Arco

 

Nacido en Villa de María (en la Córdoba argentina), Rafael Flores lleva casi cuarenta años asentado en Madrid. Poeta, novelista y autor de varios libros de narrativa breve (“En una caja oscura”, “Conversaciones con el búho”, “Cuentos de sombra errante”…), Flores es uno de esos escritores que Rupert Woolder definía como “desbordado por su propia vocación”. Porque a esa actividad creadora que señalo, hay que añadir sus artículos y ensayos en diarios y revistas, su larga labor al frente de un taller literario, sus programas radiofónicos y su especialización en algo tan esencialmente argentino, el tango, en torno al cual ha dado a conocer diversos trabajos de investigación y divulgación.

 

Ahora, en la Editorial Babel de su tierra natal, reúne una serie de esos trabajos dispersos, bajo el título de “Semblanzas, prólogos y vivencias”: once textos en total que se inician con “Para nuestra amistad con Rimbaud”, fechado en 1986, y se cierra con “Onetti y la mueca de lo soñado”, de 1994.Portada Un ensayo

No hay, pese a que esos datos lo pudieran sugerir, rigor cronológico en la ordenación de Flores, que ha obedecido a otros criterios; porque encontramos páginas de 2001, 2015 e incluso 2016, junto a las ya citadas y alguna de 1995. Esto, que pareciera irrelevante, no lo es, porque demuestra la intención del autor de dar -en lo posible- coherencia  a la ya apuntada diversidad.

 

Con Rimbaud y Onetti, Flores alinea aquí a Oliverio Girondo, Pedro Milessi, Alicia Contursi, Julio Quesada, Jorge Luis Borges, José Viñals, Albert Camus y nuestro Ramón Gómez de la Serna, por tantas razones ligado al ámbito rioplatense. Se incluye también en este volumen el prólogo que los compañeros del Sindicato Perkins –un esforzado gremio de trabajadores perseguidos durante la dictadura- encargasen a Rafael Flores para “un magnífico libro de testimonios y memoria que recupera su lucha en la década de 1970”.

Como bien explicita el título del libro, hay elecciones derivadas de la admiración y su influencia -¿afinidades electivas?-, pero también ”vivencias”, es decir, personajes con los que se han compartido horas, criterios y experiencias.

 

El decir de Rafael Flores discurre de manera acompasada a través de un prosa directa, fluida, que facilita al lector adentrarse en los personajes y escenarios que va proponiendo. Además, el análisis de sus protagonistas se vertebra sobre sugerentes consideraciones, lejos, como ocurre en otros casos, de las afirmaciones categóricas.

Valgan como muestra algunos ejemplos, tal el que dedica al conjunto literario de Oliverio Girondo:

 

“Una obra que uno siente latir en las raíces de la condición poética, fuera de escuelas y filosofías, fuera de sí mismo, como en la danza, en el puro poema”.

 

Y el que se refiere a su añorado compatriota:

 

“Tal vez, Borges, siga siendo lo que él intuyó ser: un yo universal, un yo imposible… O acaso un día retorne, igual a sí mismo, horrorizado otra vez por los espejos que acabarían  ganándole la partida”.

 

 

Y el que dedica al Juan Carlos Onetti, del que afirma:

Onetti toma el pulso al siglo que vivimos desde el rincón de las jóvenes repúblicas latinoamericanas, ávidas de lo nuevo y conjetural. Mirándole en perspectiva advertimos de que reconoce a Joyce, a Proust y sobre todo a Faulkner. Camina con similar inquietud al mismo tiempo que lo hacen los existencialistas. Pero es un ciudadano de la urbe rioplatense convertida a un conexo laberinto -Buenos Aires-Montevideo- con voces culturales propias alimentadas en su impresionante e impresionante magma suburbial”.

 

Al cabo, un excelente y atractivo ensayo de ensayos, que tiene en su dinámica variedad su mejor virtud.

 

Nostalgia de futuro

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Por Jorge de Arco

 

Nacido en Oruro, Bolivia en 1943, Eduardo Mitre suma con “La última adolescencia” (Pre-Textos) su undécimo poemario.

Actual profesor en la Saint Johns University, de Queens, en Nueva York, su labor poética se inició en 1975 con la publicación de “Moradas”; desde entonces, su obra ha ido creciendo de manera rigurosa e incesante.

 

En esta ocasión, el vate boliviano ha vertebrado un libro sobrio, donde la palabra se hace delicado canto y en el que la edad se torna hilo conductor de unas paginas esculpidas bajo el manto de una temática de intenso clasicismo.NostalgiaŠ.

En su pórtico, con el mismo titulo que abrocha el conjunto, escribe: “Sin darse uno cuenta,/ sin poder creer, insólita como la adolescencia:/ la entrada en la vejez (…) Y uno va por las calles/ mirando, de soslayo, a las mujeres/ que pasan radiantes,/ avivando/ ya más que el deseo/ una incurable/ nostalgia de futuro”. Y desde esa vertiente en que la edad es corazón y desengaño, niebla y consuelo, herida y sabiduría, Eduardo Mitre traza con pluma serena un viaje íntimo, que es, a su vez huida y residencia en la tierra: “Y, como un endecasílabo clásico, llega el año, el mes, el día/ el instante en que uno se pregunta/ si tal o cual persona conocida (…) está muerta o vive todavía…/ Y,  de pronto,/ uno se da cuenta,/ y tiembla”.

 

Una década atrás, veía a luz en este mismo sello, “El paraguas de Manhattan”. Por entonces, ya anoté que su decir estaba aderezado con tintes de templado cromatismo y que sus versos descalzos tenían la honestidad de quien cree en el poder mirífico de la poesía. Aquí y ahora, Mitre vuelve a dar muestras de un verbo que acaricia el derredor de su alma. Llevado por una emotiva narratividad, su mensaje se derrama de amor y de ausencia, de adiós y de esperanza, por entre las desnudas esquinas de unos textos que no esquivan la verdad del ser humano, de su efímera y elegíaca condición: “Volví, madre, a la casa, ahora/ empotrada en tu ausencia definitiva,/ y no es sino una canasta tremenda y vacía./ Y tus ropas en el ropero/ colgando noche y día,/ desanimadas sin tu cuerpo/ a la espera incierta de tu resurrección”.

 

Una cita de Juan Carlos Onetti, (“Nunca volveré  a ver a mi lejana”), le sirve a Mitre para nombrar a la amada ausente a la que dedica buena parte de sus poemas. Esa citada “nostalgia de futuro”, se torna también nostalgia presente y pasada: “Qué cosa extraña, Lejana:/ nunca te recuerdo desnuda,/ siempre llevas algo puesto (…) Tu desnudez permanece/ como una flor en la sombra”.

 

Al cabo, un volumen por donde asoman estampas plenas de vida, de lirismo, de compañera soledad, de abiertas remembranzas, y que va poblando sus páginas de asombros y alianzas, de dichas y tristuras, de juventud y vejez, de preguntas y sombras: “Cuál será la última palabra/ que entre o salga de mis sentidos/ antes de que se me apaguen/ como las luces de una casa:/ el oído, la voz/ la mirada”.

Pérez Alencart, con el verso en el estribo

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Por Jorge de Arco

 

      “Hace dos lustros escribí estos poemas. Luego, los puse en el arcón, como recomendaba Horacio. Ahora los expongo, no como un homenaje más. Lo mío es un humilde tributo de aprendiz y de poeta (…) Les dejo cuarenta textos de voltajes distintos e interpretaciones múltiples”.

Con esta sincera humildad, se expresa Alfredo Pérez Alencart en la “Inscripción” que sirve de pórtico a su nuevo poemario: “el pie en el estribo” (Edifsa. Salamanca, 2016).Portada Pérez AlencartŠŠjpg

 

Este peruano del 62, poeta, ensayista y profesor universitario en Salamanca, es coordinador, desde 1998, de los Encuentros de Poetas Iberoamericanos. Tiene en su haber dieciséis poemarios, y con esta nueva entrega, da un paso más en su rigurosa y exigente trayectoria.

El volumen cuenta con la singularidad de aunar dos poemarios en uno: o lo que es lo mismo, uno en las páginas pares, y otro en las impares. Leídos por separado o de forma correlativa, la intención de Pérez Alencart es la de conformar un personal mapa de territorios y protagonistas, que van del siglo XVI al XXI. De ahí que, Don Quijote y sus principales actores -Sancho Panza, Dulcinea…- se den la mano con Unamuno o el padre, el hijo y la esposa del propio autor, propiciando un diálogo donde la Historia de la humanidad sea nexo común y cómplice,

 

Estaba escrito

que cayera prisionero

en tu ondulación.

A medianoche

cuando te ciñen mis manos

una luciérnaga

anota en lo oscuro

el nombre del Amor

 

anota el poeta desde el lado íntimo de su escritura; mientras que en el envés de su cántico, el ingenioso hidalgo asoma sus cuitas:

 

“Abro el romancero y me creo un bertoldo

Abro otros librajos y ya soy amadís o galaor

Péname mi rostro de quijano si no remiendas tu amor

que sobreencuerpa para que no grite en otra calle

amándote hasta temblar sin apoltronarme”

 

Sabedor de que la poesía nunca deja tras de sí la búsqueda de su misma esencia, el vate peruano apuesta por hallar al hilo de sus versos la inminencia del tiempo, el susurro de un espacio universal y donde, por ende, el yo lírico descubra la nostalgia de un ayer y de un mañana que lo ayude a conformar su mortal condición:

 

“El pie en el estribo, frater, enseñando la hermandad

que sana de cetrerías de cacerías de jaurías

hermandad que es del horno simple que protege

minuto a minuto del ataque de los francotiradores

Clic clic Desde la grupa fotografío tu corazón amén”

 

Hay en estos poemas instantes de desasosiego, de insomnio, de intemperie, pero también momentos donde parece crecer una claridad oceánica, una pasión desmedida, que conjuga exactamente con la conciencia de esa calle grande y ancha que es la vida:

 

En otras edades

la soledad en avalancha

llenará tus días.

Entonces escribirás con cometas

vistiendo de luces

cualquier orfandad.

Incansables relámpagos

alumbrarán tus noches.

 

Un poemario, al cabo, que reúne la verdad de un poeta de verso auténtico, con una dicción multiforme y personalísima, y poseedor, además, de un profundo y hondo sentimiento, tal y como revela su

bello “Poema final”:

 

“Amor  Somos arpas para no dormir  metamofosis

de un temblor que no envejece  Quijoteando voy por el

ojo de tu aguja hasta pasar al cielo  por tu jardín donde

mis abejas se desatan  Hegemonía de la resurrección

porque somos cicatrices de lo que ha sido azul”

La semilla y el olvido

depoesiaIberoamericana

 

Por Jorge de Arco

Con más de una decena de poemarios en su haber, María Auxiliadora Álvarez (Caracas, 1956), es una de la voces más relevantes de la poesía venezolana actual. Desde 1996, reside en Estados Unidos y alterna su labor literaria con su tarea docente como profesora de literatura en Miami University, en Ohio.

 

Siete años atrás, la editorial Candaya daba a la luz “Las nadas y las noches”, una amplia antología que recogía tres décadas de su quehacer lírico, y donde se adivinaban buena parte de sus claves literarias. Por entonces, ya apunté, que su era la suya una poesía de luces y sombras, de pétalos y desposesiones, de culpa y redención y que su afán residía en la búsqueda de los blancos del poema, pero sin descuidar en ningún instante la riqueza que se esconde en lo ambiguo, en lo inverosímil, en  lo inexplicable.

 

Ahora, el citado sello citado, publica “Piedra en :U:” (Barcelona, 2016), un poemario valiente y muy personal, donde María Auxiliadora Álvarez explora la relación existente entre el pensamiento y el lenguaje que lo expresa y, en cuyo interior, se pretende desvelar la semántica que encierran los ilimitados sentimientos humanos: “Y comíamos/ y bebíamos/ y Nada/ nos cumplía/ y nada/ nos saciaba/ porque/ existíamos/ demasiado/ o tal vez/ sobreexistíamos/ Y nada/ quedaba ya/ del aire/ porque/ nos lo habíamos/ comido/ Todo/ y Nada/ nos había saciado/ Ni cumplido”.

 

Al hilo de las reflexiones reunidas en “El hombre y la gente”, anotaba José Ortega y Gasset que “la significación auténtica de la palabra es siempre ocasional”. La autora caraqueña sabe también que su cántico es una posibilidad, una sólida apuesta, un doble azogue desde el que interpretar  las vivencias y experiencias propias y ajenas.PORTADA La semillaŠ

En su cántico, hay una acentuada intención por alcanzar que las palabras sean capaces de aprehender los símbolos que revelan sus esenciales significantes. Para ello, María Auxiliadora Álvarez derrama el calor de su íntimo himno desde el pórtico del volumen, sin esquivar desde su inicio una límpida declaración de intenciones:
“la

lengua

se multiplica

contra el peso

que la sostiene

(…)

…aquietándose

bajo su cielo

de paladar

como si

hubiera

hora

para

el silencio”

 

En su revelador prefacio, “El vitalismo poético de María Auxiliadora Álvarez, una experiencia abisal del lenguaje”, Juan Carlos Abril, anota: “Cada poema es una apuesta por una exploración hacia territorios desconocidos, y la poeta nos los presenta como recién descubiertos, repletos por el temblor de lo que apenas ha sido expresado (…) No hay ninguna problemática irracionalista no resuelta aquí, sino un escepticismo ante el misterio y lo desconocido”.

No cabe duda de que la poeta venezolana ahonda en los enigmas que llenan los espacios del ámbito de la lírica, para crear desde su sugeridora óptica una sucesión torrencial de imágenes, metáforas, destellos…, que alumbran visiones donde se funden la semilla y el olvido, las hojas y el desconsuelo, la pulpa y el recuerdo:

 

“:LA MEMORIA:

la única

materia

por la que

has vivido

o vives”.

 

Un libro, en suma, cuyos misterios, gestos y propuestas, refrendan el poder cuasi litúrgico de la poesía y que roza con su audacia y su aire solidario las cuatro esquinas del alma lectora:

CANTAN

AHORA

LOS PÁJAROS

PARA LOS CIELOS

y para nosotros.