Vidas pintadas para sobrevivir

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Por Sully Fuentes

Libro “Vidas pintadas para sobrevivir”   de Ana Lucía Ortega.

 

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Hoy es el día que se cierra el capítulo de homenajes a Fidel Castro y la isla cubana ”vivida a su manera”.  Por eso nos vamos a permitir pasar de la realidad a la ficción, es decir, a compartir lo que se ha dicho en secretos…pero  que en CUBA  no se contado en voz alta.

Lo acercamos a través del libro “Vidas pintadas para sobrevivir” de la escritora  cubano- española Ana Lucía Ortega. Lo hacemos en este momento cuando las coincidencias son una señal de la semiótica histórico -cultural  de algunos pueblos. En el preciso momento que dejaba este mundo el líder cubano (el pasado fin de semana), el libro –por  guiños del destino-  partía de España hacia Miami para llegar con sus mensajes arrancados de la realidad  isleña y con la invitación a presentarse en un geografía prestada, en la que residen los  que  no estaban de acuerdo con el régimen, los llamados disidentes.

Quien ha escrito este libro, de relatos cortos pero intensos; es una periodista con dilatada experiencia. Es una gran persona, generosa e inteligente que ha elegido siempre respetar las diferentes posturas ideológicas, como lo hacen los buenos profesionales aunque les toque vivirlas y/o analizarlas. Sin embargo, no ha podido conjugar sus ilusiones personales y profesionales con el reloj de su entorno, ni tampoco la de sus emociones al vivir “sin disponer de su propia voluntad”. Por ello ha decidido volcarlo en la literatura con las luces y las sombras de lo vivido  en las últimas décadas del siglo XX en una incomparable tierra caribeña.

Vidas pintadas para sobrevivir

PRÓLOGO

El malecón ha olvidado sus silencios. Ahora tiene voz de argento, tiene suculentas historias, tiene vidas singulares para compartir con los lectores. Vivencias, datos, emociones encontradas, recuerdos incómodos, situaciones jocosas y una realidad tan colorida que no se podría confundir con ningún otro lugar del mundo.  Es CUBA. Ana Lucía Ortega como periodista y explícita narradora ha tejido esta “elección de relatos con los hilos más delicados  de la  sensibilidad y las emociones  de sus protagonistas. Son realidades que parecen unas impostoras de la felicidad. Pero no. Es exactamente como han pasado. Son viscerales, dramáticos e hilarantes momentos de unos seres que siempre han soñado con una  isla  que se extiende más  allá  de sus límites.  No por eso dejan de creerse que es esa “su realidad“ más auténtica. ¿La desean? ¿La cuestionan? ¿La transforman? Lo dirá el lector al llegar a la última página. Lo que sí comprobamos  al leer este trabajo  de testimonios es que, a pesar de una  rutina que se anuda a las horas y a los escenarios  más  pintorescos, adquiere cada secuencia una fuerza, una sonoridad  y un protagonismo  que  las echa  a volar  por sí solas. Por momentos, nos cuesta creer de lo que es capaz un ser humano cuando todo es escaso, racionado, controlado. Pero lo más bonito de esta realidad es saber que esa materia gelatinosa que se ha quedado suspendida en un “tenderete  límbico  del cerebro”, hoy es deconstruido y rehecho con la magia y el talento de quien se desnuda y se “abre en canal”  generosamente, para que seamos  partícipes y espectadores  de estas  historias verídicas. Es sin duda emocionante y desesperante a la vez no poder leer más rápido para llegar hasta la última página. Todo lo que aquí sucede está cargado de vidas intensas, coloridas, de pruebas superadas en cada amanecer, de realidades paralelas, de hilaridad terapéutica, de verosimilitud algunas veces hasta escatológica, de reflejos  y agudeza  para superar escollos, de resignación y esperanza. Todo bulle como un río turbulento del que se ven las barcas cargadas de energía vital, con seres expuestos al sol y al viento, – porque no poseen otra cosa-, rodeados de delfines y tiburones que se acercan a sus sueños pero que al menos, dejan a los protagonistas un resquicio para la ficción de cada día. Estos hombres y mujeres saben, en el fondo, que la realidad es otra cosa; un espacio lejos de sus esperanzas pero animado de tal manera que lo que falta, no se ve desde fuera, no tiene forma de drama. Hay que hurgar en los resortes –  quizás- de la desesperación y la impotencia por no poder cambiar, para saber realmente si hay congruencia  entre lo que se dice, se expresa y se vive. Es un trozo de la historia de un querido país, contado por una fecunda escritora que se mimetiza entre experiencias propias y ajenas, que pasea a los habitantes de esta tierra moviéndolos con sus voces profundas, su música, sus onomatopeyas cargadas de mensajes y su canto a la existencia  que les ha tocado vivir.  Apuesta por lo más humano y sonoro de esa realidad. Todo es color, sonido y silencios. Sensorialidad isleña a la sombra de un árbol sagrado que trae nuevos tiempos dando vida a las calles de la Habana y a tantos otros rincones donde el escenario sobresale por el colorido humano, la autenticidad y la consistencia de sus historias.  Al terminar el último relato se puede decir que nos ha prestado una geografía y un tiempo que tiene voz. Ese lugar en el mundo existe y ha soltado a la mar las cometas de la esperanza.

Un libro magnífico que nos invita a conocer a sus personajes, estén donde estén. Una obra que se mece entre la escasez y la esperanza, el miedo y la alegría, entre el encierro y los sueños. Una vida contada al oído. Un libro lleno de pinceladas para fotogramas. Un libro para no olvidar.  Le puede pasar a cualquiera. Descubrir a una persona que esconde en su interior una entrañable colega con la que compartió espacios de formación y risas … (muchas  risas) y un buen día te sorprende con su cosecha. Les dejo con sus vivencias.  Hoy agradezco a la vida haberla conocido. Hoy vuelvo a leer una y otra vez sus relatos.

            Sully Fuentes Ciocca
 Periodista y escritora. Madrid. 2015

                                                                                                                                                cuba-en-imagenes

Compartimos un relato de este libro.

 

La  autoevaluación

 

Ramón comenzó a leer en voz alta la autoevaluación de Mariana. Como preámbulo, consideró necesario comentar con los reunidos allí, en carácter de militantes de la Unión de Jóvenes Comunistas, la insólita característica del documento que conocerían en escasos minutos: su brevedad. Sin dudas, creyó a la autora demasiado modesta.

Era una de esas reuniones en las cuales, ante la proximidad del fin de año, debería discutirse, debatirse, analizarse, en fin, evaluarse, la trayectoria de cada uno de los integrantes de la membresía de la citada organización política. Léase trayectoria laboral. Léase actitud ante la defensa de la Patria… Léase disposición a participar en las tareas agrícolas por un período de quince días. Léase asistencia a trabajos voluntarios de toda clase. Léase relaciones humanas, tanto en el trabajo como en el barrio, con los vecinos. Léase y piénsese hasta en relaciones familiares… En resumen, ¡entiéndase!, todo aquello que se halla en el plano de lo íntimo del ser humano. Aquello simplemente, que usted no desearía debatir, analizar, ni mucho menos ¡evaluar! absolutamente con nadie.

Las autoevaluaciones de Mariana eran siempre muy convincentes y saturadas de relevancias, hechos extraordinarios, felicitaciones sin par. Todo redactado con grandilocuencia. Estaban ahora en presencia de una autoevaluación que vestía otras prendas. Mayúsculas. Oraciones cortas y simples. Telegráficas. Mecanografiado. Y cierto matiz, ¡cuánta gracia causó! de revolucionario lirismo. Y para impresionar: una cita traída a colación. De Martí, ese gran poeta cubano que pertenece a los cubanos. Expresaba que la crítica se acepta bien cuando no es mordida, o sea, cuando no es una dentellada. Algo así. Algo así escribió Martí. scribió Martí.

-¡Caramba, Mariana, cuánto pasaste por alto! Este año te destacaste muchísimo. Algunas oraciones merecieron ser repetidas al público:

(…) DETECTÉ, DISCUTÍ Y DENUNCIÉ A UN HOMBRE QUE PUSO UN CARTEL DE “ABAJO FIDEL” Y FUI A RECONOCERLO A “VILLA”.

La reiteración de la frase, pronunciada por Ramón en tono jocoso, causó risa. Algunos semblantes expresaban franca curiosidad, común entre los profesionales de la comunicación. Y la risa. “A ese la crítica sí lo mordió duro, ¿no es verdad Mariana?” Ramón la instó a que relatara la anécdota.

Su narración estuvo interrumpida por la lógica del interés: “¿Quién?” “¿Dónde?” “¿Cuándo?” “¿Cómo?” “¿Por qué?” La protagonista, con cordial deleite y la soltura habitual de sus ademanes, respondía una a una cada pregunta, y conformaba el lead de la inesperada noticia que no hallaríamos nunca en ningún diario nacional de Cuba.

Sucedió en los alrededores de la Plaza Julio Antonio Mella, en el Vedado. Ella residía entonces en un edificio aledaño a la Universidad y por lo tanto, allende a la Plaza. Eran aproximadamente las siete y media de la noche y preparaba la comida, cuando su ex suegra le avisó haber avistado desde el balcón a un individuo escribiendo un letrero en uno de los muros sempiternos. Sin pensarlo dos veces ni deshacerse tan siquiera del tenedor, con el delantal encima y sin ninguna pereza; se lanzó escaleras abajo en pos del desconocido quien ya caminaba rumbo al Malecón.

Por supuesto, DETECTÓ a un ser que al principio se hizo el desentendido; pero DISCUTIÓ con un hombre que escuchó la terrible acusación y se sintió solo en medio de una ya crecida aglomeración de transeúntes; y DENUNCIÓ en público a un individuo que se supo perdido y se soltó en desesperada huida.

A gritos siguió ella defendiendo a ultranza aquél nombre, escrito con letras rojas sobre las piedras del añejo muro. Con irrevocable decisión, sobre los rasgos de la palabra que inauguraba el letrero, trazó el antónimo. Y sabiamente, aplacó las recriminaciones de los celadores de aquella Plaza considerada monumento nacional y sobre la que pesaba la prohibición de variar la fisonomía de sus verticalidades, porque conservaban letreros históricos estampados por jóvenes manos estudiantiles en la década del cincuenta: ¡Batista, Asesino! ¡Abajo la Dictadura! ¡Muera el Tirano!

“Pero, ¿a qué villa fuiste a reconocerlo?”, preguntó alguien en el mismo tono de jácara. “Tienes que ponerle apellido, porque puede pensarse que fue en Villa Ensueño”; aseveró irónicamente otro joven comunista. Había sonado muy cómico el ingenuo paralelismo entre el albergue destinado a las parejas de enamorados que, furtivas, van a saciar sus apetitos sexuales y el conocido edificio de Villa Marista donde tiene su cuartel general la policía política del régimen de los Castro.

“Yo fui a hacer el retrato hablado”, – cortó Mariana el coro de carcajadas-. “Pero no fue por él que lo encontraron”. Y volvió a ser interrumpida: “¿Cómo fue la cosa, chica? ¡Termina el cuento!”

Mariana en su relato reconoció que el escritor de letreros no era un antisocial ni un delincuente. Todo lo contrario, era una persona decente; un ingeniero trabajador desde hacía tres años, de una microbrigada a pulmón, ésas que existen en algunos centros de trabajo donde los necesitados de vivienda emprenden la construcción con medios propios. Pero con los aires de la perestroika y la glásnost soviéticas, el hombre había variado su perspectiva y aunque trabajaba a pulmón, su respiración no se avenía ya al ritmo de la Revolución.

Con el tiempo, decidió hacer algo más que el edificio que sería su vivienda y se asoció a un grupo anticomunista clandestino. Su misión, diaria, consistía en dibujar ¡Abajo Fidel! sobre el muro centenario de la céntrica Plaza. Y cumplía su tarea. Durante meses lo estuvo haciendo. Hasta el día en que tuvo la mala suerte de que la ex suegra de Mariana lo pillara desde el balcón de su apartamento y diera la voz de alarma a la ex esposa de su hijo. A partir de ese día cambió su vida.

Fue cuando apresaron al jefe del grupúsculo como lo llamaría cualquier vocero del gobierno, que al descubrirse las actividades que hacía y los lugares donde operaba, pudo asociarse el añejo muro con el retrato hablado que durante meses permaneció archivado en una de las gavetas del Departamento de Técnicas de Investigación del Ministerio del Interior.

“Fue difícil para mí. Cuando me vi delante de seis hombres, sin un cristal siquiera separándonos…” -Mariana intentó trasladar la emoción de aquellos momentos al grupo de jóvenes comunistas-. “Lo reconocí por los ojos, porque había bajado más de cincuenta libras. ¡Era otra persona! ¡Imagínense! Había estado trece días sin dormir a causa del estrés. Yo les dije que era una persona decente”.

Y también contó cómo la fotografiaron en Villa. De frente y desde el costado. Ella con el brazo extendido señalando al depauperado pintor de muros.

El paréntesis marianístico dilató la reunión. Por espacio de una hora más, continuaron analizando, debatiendo. Evaluándose unos a otros. Salieron a la calle cuando ya la noche se había echado sobre las calles y avenidas. No había luna. Solo tenía luz eléctrica el edificio de la Televisión Nacional que ellos abandonaban, y el Hotel Habana Libre, en la acera de enfrente, porque es para turismo internacional. Era el día del apagón programado para el municipio Plaza y con un extraño sabor en la boca continuaron andando a ciegas, a sabiendas que junto a ellos caminaban otros seres. No más que sombras.

En Coppelia se toparon con el típico e inconfundible murmullo de los que en vano esperaban convertirse en pasajeros de algún ómnibus. Tropezaron con varios cuerpos. Sintieron el lugar atestado, y alcanzaron a vislumbrar gracias a la luz de los faros de un taxi para turistas, la muchedumbre que se agolpaba en la parada del ómnibus de la acera de enfrente.

El grupo, sin dispersarse, continuó caminando unido. Cuando llegó a la amplia Avenida de los Presidentes permaneció largo rato dudando si cruzar o no la calle Veintitrés. Escuchaba la constante circulación de anónimas bicicletas y el silbato agudo de un policía. Era extraño que algún agente pudiera trabajar en aquella oscuridad pero el farol de una ruta 174 detenida en la intersección de ambas vías, descubrió a un ciclista que silbaba sin parar, para anunciar al pseudomundo circundante, su paso por la vía. Fue un momento de alucinación. El grupo no supo si moverse o quedarse allí, estampado sobre el pavimento. En su consciente delirio, recibió el azote de un relámpago que ofrecía con absoluta nitidez, la visión de los muros de la Plaza Mella con rojas impresiones.

Una sonora carcajada devolvió a los integrantes al sitio donde aún permanecían. La absurda estridencia de la risotada que continuaba en el aire, ofrecía la clave del grupal desasosiego.  Porque era una expresión jacarandosa; no de pavor o nerviosismo.  Aquél ser estrepitoso pudo ser testigo de lo que hizo Mariana aquél día. Y hasta pudo parecerle un interesante espectáculo el acoso de un hombre que solapadamente defendía una IDEA; o esa noche pudo tomar como una burlesca distracción aquella vigilia horrenda en La Habana.

La Habana Octubre, 1992

 

Este libro se presenta esta semana Día 8 de diciembre  a las 7.30 p.m. en MIAMI.