Bomarzo en el Teatro Real y la sugerente estética de la ensoñación

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Por Norma Sturniolo

Fotos Javier del Real

 

 

Del 24 de abril al 7 de mayo en el Teatro Real se representa Bomarzo, ópera del músico Alberto Ginastera (1916-1983) basada en la novela homónima del escritor Manuel Mujica Láinez (1910-1984) que es, asimismo, el autor del libreto. Ambos, músico y escritor, son argentinos.

 

Bomarzo, estrenada en el Lisner Auditorium, en Washington, D.C en 1967, está considerada una obra fundamental del reportorio operístico contemporáneo. Esta nueva producción del Teatro Real es una coproducción con De Nationale Opera de Ámsterdam. La orquesta titular del Teatro Real está dirigida por David Afkham, actual director de la ONE, la dirección de escena corre a cargo de Pierre Audi, la escenografía e iluminación,de Urs Schönebaum, la coreografía de Amir Hosseinpour y Jonathan Lunn,  los figurines, de Wojciech Dziedzic, la dramaturgia, de Klaus Bertisch y el video de Jon Rafman, el coro titular del Teatro Real, dirigido por Andrés Máspero y la escolanía de los Pequeños Cantores de la Orcam dirigidos por Ana González. Todos realizan una labor encomiable.

 

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En el exigente papel protagónico de Pier Francesco Orsini, hay que destacar al tenor británico John Daszak que da muestras de su solidez como cantante y como actor. Está siempre presente en el escenario y debe memorizar un texto extenso y complejo.

 

Cabe recordar el argumento de la ópera para entender la opción de Pierre Audi.

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Mujica Láinez cambió el orden cronológico de la novela. Decidió emplear la técnica de la analepsis, es decir, eligió alterar la secuencia cronológica de la historia. El libreto comienza con el momento próximo a la muerte de Pier Francesco Orsini. En su agonía, el duque rememora distintas escenas de su pasado donde hay una asfixiante omnipresencia del horror que le produce su cuerpo debido a su joroba a la que nombra repetidamente. Ese rechazo, esa repulsión a esa parte de su cuerpo la aprendió de su propia familia. Todos lo desprecian menos su abuela que lo adora y termina siendo nociva para él, inculcándole la ambición por el poder y la idea de inmortalidad.

 

La ópera comienza con el duque bebiendo una pócima que le da un astrólogo asegurándole que la misma le dará la inmortalidad pero sobre esa pócima su sobrino ha vertido veneno, vengando así el asesinato de su padre. Y el duque moribundo recuerda escenas de su vida pasada desde la niñez donde hay sufrimiento, violencia, fantasías eróticas, sexo, bisexualidad, impotencia e incitado por su abuela, sed de poder e inmortalidad. Hay perversión y crueldad.

 

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Rememora cuando es travestido y violado por los hermanos, encerrado por su padre en una habitación con un esqueleto, multiplicado en los espejos el reflejo de sí mismo con su monstruosa joroba cuando va a ver a la prostituta Pantasilea, las muertes de sus hermanos, el casamiento con la bella Julia Farnese que prefiere a uno de sus hermanos. Todo es angustioso y  desasosegante en esta ópera que consta de dos actos y 15 escenas, todas con la misma estructura interna y articuladas por interludios, a la manera de la ópera Wozzeck de Alban Berg. Hay un predominio de los instrumentos de percusión y algunos instrumentos exóticos como la mandolina y la viola d’amore, entre otros. La música mezcla atonalidad con una escritura que se acerca al modal y hay formas arcaicas tradicionales como el madrigal, la musetta, o la villanella. La dirección musical de David Afkham como la del coro por parte de Máspero y la escolanía a cargo de Ana González son excelentes.

Las partes corales van desde el canto a base sólo de consonantes hasta la utilización fonética de la palabra ‘amor’ en cuarenta y cuatro idiomas.

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Habiendo leído la novela y conociendo el libreto de la ópera que reduce la acción a casi una acción interior porque todo se desarrolla en la rememoración del protagonista, considero que la opción de Pier Audi es una lúcida exploración del mundo desasosegante, opresivo, lleno de angustia y obsesiones del duque, un mundo que refleja lo deforme y la desazón de una mente encerrada en sí misma, donde la tortura primera del rechazo familiar se convierte en autotortura. Tanto el decorado, como las luces y las proyecciones del videoartista Rafman traducen ese mundo mental, un mundo que nos acerca al drama de ese personaje dice de sí mismo  poco antes de morir que es un pobre monstruo de Bomarzo, pobre monstruo pequeño, ansioso de amor y de gloria, pobre hombre triste.

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