Los políticos y la Lengua, más allá del gazapo

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Por María José López de Arenosa

 

En menos de una semana los errores gramaticales y ortográficos de Carles Puigdemont –en su carta a Rajoy— y del Partido Popular, en el lema para su próximo congreso —al que tuvo que añadir a posteriori el signo de exclamación inicial y la coma del vocativo—, han puesto en la picota a sus protagonistas para regocijo de twitteros.

 

El crítico y escritor Antonio de Valbuena (Pedrosa del Rey 1844-1929), aristarco de la Lengua y azote de académicos, políticos y malos poetas, no dejó títere con cabeza señalando errores lingüísticos en las postrimerías del siglo XIX y albores del XX. Lo pagó con la inquina del gremio de las Letras, pasando de la popularidad al olvido de las siguientes generaciones. Más tarde, Lázaro Carreter haría lo mismo desde su columna “El dardo en la palabra”, publicada en El País, pero, quizás porque escarmentó en cabeza ajena, la suya tuvo un fin más didáctico y fue menos mordaz que la de El Melladín de Pedrosa, como apodaban a Valbuena por un corte labial congénito.

 

Sin color político

 

El yerro lingüístico no es patrimonio de ningún partido en particular, pero su difusión se amplifica  cuando se trata de quienes tienen, o han tenido, responsabilidades en Cultura y Educación. Tal fue el caso de Mayrén Beneyto, quien se despidió como consejera de Cultura de la Comunidad Valenciana con un mensaje en las redes sociales plagado de faltas. O el de Javier Solana Madariaga quien dijo ser el catorceavo ministro de Cultura durante el primer gobierno de Felipe González.  Su confusión con los partitivos y los ordinales hizo las delicias de Jaime Campmany, quien lo apodó El Catorceavo.  Seguramente fue un lapsus linguae,  pero su condición de nieto del pedagogo y editor de libros Ezequiel Solana y sobrino nieto de Salvador de Madariaga no sirvió como atenuante.

 

Otra titular de dicha cartera, Carmen Calvo, denunció el uso de anglicanismos en el idioma para referirse a los anglicismos.  Como si yo ahora confundiese latinismo con catolicismo o las churras con las merinas. Se superaría a sí misma y, hasta al mismísimo Cantinflas, afeándole en una réplica al senador Juan Van Halen que la citara con la expresión latina dixit (“Calvo dixit”).  “Usted nunca será Van Halen Dixie ni Pixie; será su señoría”, pensando que la estaba apodando como un personaje de dibujos animados (Dixie, pareja de Pixie).  Por su parte, Esperanza Aguirre, quien también fue ministra de Cultura en el gobierno de Aznar, fue acusada por los profesores de los colegios madrileños de enviarles una carta con faltas ortográficas y gramaticales siendo ya presidenta de la Comunidad de Madrid. Ella se defendió acusando a los sindicatos de distribuir una misiva falsa, pero la polémica estaba servida.

 

Lenguaje e ideología

 

Harina de otro costal, —el de la manipulación del lenguaje—, que guarda los frutos de la ideología y el adoctrinamiento, son palabros como jóvenas y miembras, pronunciados por Carmen Romero y Bibiana Aído respectivamente.  La ministra de Igualdad del gobierno de Zapatero se aventuraría más allá de la Gramática, metiéndose en el jardín de la Biología cuando dijo que “un feto de trece semanas es un ser vivo, pero no es un ser humano”.  Aunque  algunas personas evolucionan hasta asemejarse a ciertas especies del reino animal, doy fe de que lo que se gestó en mi vientre fueron dos seres humanos que evolucionaron como dignos ejemplares de su especie Nada más y nada menos. Pero dejo el binomio lenguaje-ideología para otra ocasión.

 

Más que un error puntual

 

El mejor escriba suelta un borrón, empezando por quien firma este artículo, y no se trata de caer en tromba en las redes sociales sobre quien tiene un desliz.  García Márquez confesó en Vivir para contarla sus problemas con la ortografía. Pelillos al mar, pues el Nobel de Literatura, además de contar con los correctores profesionales de su editor, demostró con creces su dominio del idioma para expresar cualquier concepto por abstracto que fuera y narrar una historia.  Por el contrario, en el caso que nos ocupa, las anécdotas lingüísticas de nuestros dirigentes revelan, en muchos casos, descuidos que trascienden el error puntual. Les pagamos la nómina —sí, nosotros: usted, amable lector, y esta servidora— a ellos y a sus equipos de asesores (nombrados a dedo) y resulta que el colosal presupuesto no alcanza para contratar a nadie capaz de corregir ciento cuarenta caracteres en Twitter antes de escupirlos; no digamos pergeñar un buen discurso.  Con su falta de rigor y atención al detalle para presentar un trabajo bien hecho, los ciudadanos percibimos la chapuza, les retiramos la credibilidad en temas de mayor envergadura y les perdemos un respeto que tampoco ellos parecen tenerse a sí mismos.

 

Deficiencias educativas

 

En el mundo clásico la oratoria y la retórica eran materias de estudio indispensables en la formación de un líder.  En los últimos años, conscientes de que para negociar en un mundo globalizado hay que saber argumentar y estructurar las ideas, algo que no dan las carreras técnicas, en  China se intenta captar a los mejores alumnos para que cursen Humanidades y sepan articular discursos sólidos y coherentes en la defensa de sus intereses. Un giro que se ha producido también en otros países asiáticos. En el Reino Unido, los graduados en Filosofía, Filología o Historia de Oxford y Cambridge aterrizan en el mundo empresarial y financiero —además de la política— y desarrollan carreras profesionales exitosas en empresas e instituciones que consideran que el conocimiento de un sector específico se aprende trabajando, pero la capacidad para analizar y comunicar se adquiere con una sólida formación en Letras.

 

En España vamos al revés.  Está muy extendida la creencia de que las carreras de Letras no son “prácticas” y que “solo” sirven para dedicarse a la docencia. Así nos va, con dirigentes que, para hilar dos frases seguidas, necesitan leer las consignas preparadas por un equipo de Comunicación cuyas carencias son tan evidentes como las de sus jefes. Animo al lector a escuchar los debates parlamentarios en el Palacio de Westminster y sacar sus conclusiones.  Aquí, con estos mimbres no podemos esperar que el debate político se asemeje al del siglo XIX, cuando Emilio Castelar batía el cobre consolidándose como el mejor parlamentario español.

 

Mientras la enseñanza de Lengua Española no fomente la lectura, la comprensión y la expresión oral y escrita, poco podremos esperar. El lenguaje es la herramienta que estructura el pensamiento sin la cual las ideas quedan amorfas. Sin descuidar la teoría, su estudio debe ser eminentemente práctico porque de nada sirve hacer complicados arbolitos sintácticos si no somos capaces de entender lo que leemos ni de comunicarnos correctamente.

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