Entre el deseo y la leyenda: El holandés errante en el Teatro Real

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Por Norma Sturniolo

 

El Holandés errante, (Der fliegende Holländer) es una ópera romántica en tres actos con libreto y música de Richard Wagner (1813-1883). Se estrenó en la Real Ópera de Dresde el 2 de enero de 1843 y  se representa en el Teatro Real desde el 17 de diciembre de 2016 al 3 de enero de 2017. Es una producción  con el sello de La Fura del Baus de la Ópera National de Lyon, en coproducción con la Bergen Nasjonale Opera, Ópera Australia y la Opéra de Lille.

 

 

La dirección musical corre a cargo de Pablo Heras Casado, el director de escena es Àlex Ollé, el escenógrafo, Alfons Flores, el  figurinista Josep Abril, el iluminador, Urs Schönebaum, el video pertenece a  Franc Andreu y Andrés Máspero dirige el coro.

 Barítono Evgeny Nikitin  El Holandés.
Barítono Evgeny Nikitin
El Holandés.

 

En el primer reparto intervienen Daland Kwangchul Youn, barítono, Ingela Brimberg, soprano, Nikolai Schukoff, tenor, Kai Rúútel, mezzosoprano, Benajmis Bruns, tenor y Eugeny Nikitin, bajo barítono, todos acompañados porn el Coro y la Orquesta titulares del Teatro Real.

 

 

Tan apasionante es la ópera como las circunstancias que propiciaron su gestación y que Richard Wagner contó en su libro autobiográfico Mi vida. Ahí  explica, detenidamente, los extraordinarios y difíciles hechos que favorecieron la ideación de la obra.

 

 

 En 1839 el compositor y su primera esposa, la actriz Minna Planner, sufrían graves problemas económicos. Se vieron obligados a huir de sus acreedores y a embarcarse rumbo a Londres en un velero llamado Tetis. El capitán del barco los ayudó a  esconderse junto a su perro Robber en el pañol de proa que servía para guardar los cables de amarras. A los pocos días de navegación, se desató una terrible tormenta. El barco fue zarandeado con tanta violencia que perdió el mascarón de proa. El silbido del viento entre las jarcias del Tetis y la visión de un barco fantasmal  que apareció y desapareció en la oscuridad impresionaron vivamente la imaginación de Wagner. El capitán del Tetis tuvo que atracar en un fiordo noruego para salvarse él y su tripulación de la feroz tempestad. También ese  lugar y el canto de los marineros se grabaron en la memoria del compositor.

 

Barítono Evgeny Nikitin El Holandés Soprano Ingela Brimberg Senta
Barítono Evgeny Nikitin El Holandés Soprano Ingela Brimberg Senta

Wagner, además de conocer la leyenda del holandés errante que hablaba de un barco fantasma cuyo capitán estaba condenado a vagar eternamente por los océanos,  leyó el libro del escritor Heinrich Heine, De las memorias del señor Schnabelewopski, publicadas en 1834. En él ya están fijadas la idea de la salvación del condenado por el amor de una mujer que le es  fiel,  la de, Daland, el padre de la joven que accede a casar a su hija con el holandés por el poder económico que demuestra tener el holadés y la de Senta, la hija de Daland que está dispuesta a sacrificar su vida para redimir al holandés errante. Wagner añade un personaje que no está en la obra que es Erik, un amigo de la infancia y pretendiente de Senta. Asimismo, realiza un cambio: en lugar de que el barco fantasma se hunda, como aparece en el libro, en el libreto de  Wagner, Senta y el holandés ascienden a los cielos.

Esta ópera es la primera obra maestra del autor de la tetralogía de El anilllo del Nibelungo. La obertura donde ya aparecen los principales leitmotivs, la balada de Senta, el dúo con el holandés, todo anuncia el Wagner futuro.

 

 

Estamos ante una obra profundamente romántica con un mar embravecido que nos recuerda los mares del pintor inglés Turner como su célebre Naufragio.

 

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La representación que vemos en el Teatro Real  acerca la obra a nuestros días y el lugar que se elige nada tiene que ver con los fiordos noruegos. Se trata  del puerto de Chittagong  en Bangladesh, donde grandes barcos mercantes son desguazados. Un lugar tan contaminado que es conocido como el infierno en la tierra.

 

 

Apenas comenzada la obertura, aparece una gigantesca embarcación en medio de una tempestad que agita intensamente las aguas del mar. Aparecen la arena del contaminado lugar con sus gentes  pero  nunca vemos un segundo barco, el que pertenecería al holandés. Solo el primer barco de Daland el padre de Senta, ¿Porqué? Porque en esta interpretación de la ópera wagneriana, los fantasmas son los que están en el interior de las gentes del lugar, de los mismos operarios que desguazan el barco. En expresión de Álex Ollé “los fantasmas del holandés errante rezuman de sus sentinas y lo impregnan todo, Son el alma de la sociedad capitalista (…) un lugar donde mientras el materialismo lo desguaza todo, aún queda alguien dispuesto a alcanzar un mundo mejor. El último vestigio de un idealismo salvador. Es el sueño en el que Senta y el holandés errante aún pueden seguir elevándose indefinidamente hacia lo alto”.

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El espectador descifra sobrecogido el deseo de liberación de ese mundo asfixiante que es Chittagong. Es el deseo que Senta  compartirá con el holadés errante.

 

 

Al final  de esta puesta en escena , se nos ofrece una poderosa imagen del mar que puede hacernos evocar el simbolismo del mismo como fuente y final de la vida.

 

 

Ah, el mar embravecido… ¿Cómo no pensar también en el mar del inconsciente y sus irrefrenables pasiones, en el deseo de regreso, de  retornar al origen, que es al mismo tiempo el  final?

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Acercar la leyenda al deseo de liberación de un materialismo destructivo  resulta una propuesta interesante no solo por su importancia ética  sino también por el simple hecho de  alejarnos de lo acostumbrado y por tanto,  favorecer la reflexión.

 

 

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Fotos: Javier del Real

Teatro Real

 

 

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