Corea del Sur, potencia económica emergente y ejemplo educativo

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En el madrileño Centro Internacional de Prensa se ha celebrado un Desayuno de Trabajo, con el embajador de Corea del Sur en España y en Andorra, Hee Kwon Park, organizado por la Asociación de Corresponsales de Prensa Extranjera (ACPE). En la web de esta asociación fraterna se recoge el desarrollo del acto en los términos de la reseña que sigue.

Corea del Sur, como España, quedó destruida por una guerra civil (1950-53) pero la laboriosidad y buena organización de sus gentes, que habían superado cuatro décadas de coloniaje japonés, la han convertido en la cuarta economía asiática, sólo superada por China, Japón e India. Sus exportaciones alcanzan ya 650,000 millones de dólares; y se encuentra en marcha un Plan Trienal de Innovación Económica. La Olimpiada de Seúl supuso un gran escaparate para el país que se prepara para ser sede de la Olimpiada de Invierno en 2018.

El Embajador, en el centro, junto a los Presidentes de ACPE , izda. y ACPI, dcha.
El Embajador, en el centro, junto a los Presidentes de ACPE , izda. y ACPI, dcha.

Para el embajador Hee Kwon, la reunificación con Corea del Norte es el destino del pueblo coreano. El Gobierno de Seul, presidido por una mujer, Geun Hye Park, hace esfuerzos notables por desarrollar un “proceso de confianza” mutua, por iniciar conversaciones y un diálogo sin condiciones Dispuesto a ayudar al de Pyonyang, cuyo “per cápita” es veinte veces menor y con una economía cuarenta veces más pequeña, cuya política de “el Ejército primero”, de rearme y nuclearización causa tantas tensiones en la península coreana y en Occidente. Técnicamente siguen en guerra a uno y otro lado del Paralelo 38. En 1953 se firmó un Armisticio, no un Tratado de Paz. Hace un año hubo acercamiento y un tímido reencuentro entre familias. El costo de la reunificación podría alcanzar el billón de dólares.

Se repasaron temas como el reciente hundimiento del trasbordador Sewol con 304 muertos; el escándalo de la ejecutiva e hija del presidente de la Korean Air por unas nueces mal servidas; el libro Evasión del Campo 14, de Blaine Harden; la visita del Papa Francisco para beatificar 124 mártires coreanos; y los sorprendentes avances en Educación extraídos del último Informe PISA de la OCDE, que si bien coloca los jóvenes coreanos en la vanguardia mundial del conocimiento y dominio en Ciencias, Matemáticas y Lectura, se declaran infelices -algunos se suicidan- por el estrés que les producen tantas horas lectivas.

 

P.S.: El señor Hee Kwon Park, que también desempeñó el cargo de embajador de su país en Perú, señala particularmente, en el conjunto de las relaciones internacionales de Corea del Sur, el marcado interés por las que se refieren al ámbito iberoamericano.

El profesor Buela disertó sobre la metapolítica y el Papa Francisco

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Tal y como había sido anunciado, el profesor argentino Alberto Buela desarrolló, en el madrileño Centro Internacional de Prensa, una exposición, abierta al coloquio,  sobre la metapolítica y el Papa Francisco.

La metapolítica –término ya utilizado por una figura española del siglo XVII- no es una metafísica de la política sino que estudia fenómenos que afectan a lo que debería ser su realidad auténtica, falseándola; así, por ejemplo, se pretende hacer creer  a la población que toma decisiones, que ya le vienen predeterminadas por conciliábulos que no conoce.

Desde el conocimiento próximo en Argentina al jesuita Jorge Bergoglio, el filósofo y diestro comunicador Alberto Buela contrapuso el respaldo de los polacos con que contó, en su día, Juan Pablo II, con la actitud de los argentinos respecto al Papa Francisco; los compatriotas de este último están dispuestos a hacerse una foto él, pero sin una sintonía comparable a la que había en el otro caso de referencia.

Puso de relieve que  el actual Pontífice, por la orden a la que pertenecía y el tipo de formación en la época, cuenta con más preparación en Sociología que en Teología. Otra cosa es que, como afirma el hermano sacerdote del conferenciante, un Papa ha de estar  asistido por el Espíritu Santo.

Un aspecto también  abordado fue la pérdida creciente de lo sacro en el ámbito católico. Puso el ejemplo de la celebración de la misa, en un pequeño pueblo argentino, con varios perros suelos por el templo.

El ponente estuvo presentado, con unos breves trazos, por el periodista  José Manuel González Torga, en su condición de presidente de la Asociación de Corresponsales de Prensa Iberoamericana (ACPI), entidad organizadora del acto, con el carácter de sesión informativa.

Foto tomada de internet de http://www.lamoncloa.gob.es/serviciosdeprensa
Fachada del Centro Internacional de Prensa, Madrid Foto tomada de internet de http://www.lamoncloa.gob.es/serviciosdeprensa

Eugenio Suárez, El Irrompible. Un Justo Entre Las Naciones.

eugenio suarez el pais

 

Por María José López de Arenosa

Cuando todos los periódicos habían publicado los nombres de las personalidades fallecidas en 2014, Eugenio Suárez demostró, una vez más, que era incatalogable, al quedar fuera de las listas de este año y, por supuesto, del próximo.

Para casi todo el mundo fue el fundador de El CasoSábado GráficoEl cocodrilo Leopoldo y otras muchas publicaciones de éxito.  Para algunos judíos húngaros fue el hombre que les salvó la vida. Para mí fue, sencillamente, Eugenio. Mi amigo Eugenio.

La autora con Eugenio Suárez en la cafetería que había debajo de casa.
La autora con Eugenio Suárez en la cafetería que había debajo de casa.

Lo conocí hace algo más de diez años, en Embassy, donde me lo presentó un amigo común.   Lo veía con frecuencia, departiendo animadamente junto a la barra mientras yo almorzaba en alguna mesa cercana, leyendo o preparando mis exámenes de la UNED.  No intercambiábamos más que el cordial saludo con la cabeza de quienes se ven todas las semanas en el mismo lugar y él ni siquiera recordaba que nos habían presentado.

En julio de 2005 mi libro de lectura era Caso Cerrado. Memorias de un antifranquista arrepentido, su autobiografía.  No pude evitar la tentación de acercarme y pedirle una dedicatoria, cosa que hizo encantado, e iniciamos una amena conversación.  Me invitó al aperitivo. “Muchas gracias, don Eugenio. He venido a comer y, si me lo permite, le invito yo a almorzar conmigo”.  Como caballero que era, no podía aceptar, pero dijo:  “Mire, mi asistenta es una cocinera cordon bleu y hace la mejor ensaladilla de Madrid.  La invito a comer en mi casa”.

Como también mi educación era un obstáculo para aceptar su oferta, insistí en la mía.   “Es que esta noche tengo una cena y tendré que tirar la vichyssoise si no la tomo hoy.  Mire, María José, yo vivo muy modestamente, a mi casa no viene nadie nunca.  No crea usted que ando invitando a la gente a comer. Mi asistenta, de la que espero heredar algún día, tiene varios pisos que alquila y hoy tiene que firmar un contrato, por eso no está en casa. No hay, pues, quien ponga la mesa o la sirva, pero está usted invitada.  Quiero invitarla a comer, pero no puedo permitirme hacerlo aquí.”

Aquella insólita propuesta fue el inicio de nuestra amistad.  Tomamos un taxi juntos y nos bajamos en la calle Sagasta, donde otrora estuvo la redacción de El Caso y de otras publicaciones.

Sacó la ensaladilla en un tupperware ― “discúlpeme, pero no tengo una fuente donde servirla”― y comimos en su terraza, cubierta y soleada, en una mesa camilla ¾ “es la única mesa para comer que hay en esta casa”¾, dijo.  Me hizo los honores sacando una botella de cava que tenía empezada en la nevera, y un par de copas.

 

La tos no es un arma de seducción

Era una casa sobria y acogedora, con un cuarto de estar rematado por una gran librería blanca con los libros en doble fila. “Estos los he comprado en los últimos quince años, al igual que casi todo lo que ves, salvo un par de cuadros que pude conservar después de mi segundo divorcio.”

Hablamos. Mejor dicho, habló el maestro y yo escuchaba.

Habló muy por encima de El Caso y de la censura, que le parecía, más que ninguna otra cosa, algo muy estúpido.

No tuvo la petulancia de soltar nombres de escritores y humoristas legendarios a los que tuvo en la nómina de sus publicaciones. Habló de sus dramas personales, sin resentimiento y con nostalgia.  Hizo un repaso a las fotografías repartidas por la estancia y por su despacho: sus hijos y Marichu, su primera mujer, guapa y con un porte muy elegante. “La echo muchísimo de menos.  Jamás había tenido una fotografía suya en el escritorio, y ahora mírala aquí.”  Un cáncer se la había llevado año y medio antes, cuando el reencuentro definitivo estaba en su mira para pasar juntos los últimos años. También señaló a uno de sus hijos, guapísimo, que murió con dieciocho años electrocutado en el baño de su suegra. “Me llevó cuarenta años poder hablar de esto.”  Y de su hijo Jaime, oligofrénico, quien vivía en Palma de Mallorca, atendido por su hermano Eugenio, médico de profesión.  Y María Eugenia, traductora en Naciones Unidas. “Todos mis hijos viven fuera de Madrid.  Creo que la distancia, el vernos poco, es lo que mantiene a la familia unida”, dijo con sorna; si bien la distancia con Borja, nacido de su segundo matrimonio, era una herida abierta.  Mientras hilvanaba sus recuerdos, tosía.  Tosió mucho  Tanto que, viéndome alarmada, en una tregua aliviadora dijo, con esa gracia que le caracterizó: “le juro que la tos no es una de mis armas de seducción”.  No, no lo era.  Era la consecuencia del enfisema pulmonar.

Siempre estuvo presto a reírse de sí mismo, a no tomarse demasiado en serio y a minimizar sus desgracias; que las tuvo, y en abundancia.  “A mí ya no me preocupa el futuro.  Imagínese usted si soy osado y optimista  que cuando viajo, ¡hasta saco billete de ida y vuelta!”  Alternaba el tuteo con el usted, sin saber muy bien a qué atenerse, si bien me confesó que le gustaba esa frontera que marca el “usted”.

Con Paloma, hija de la autora, el día que las invitó a almorzar en el Real Balneario de Salinas.
Con Paloma, hija de la autora, el día que las invitó a almorzar en el Real Balneario de Salinas.

Arruinado tras su segundo divorcio, perdido su conglomerado editorial, fue Jesús Polanco quien le tendió la mano con una columna que aparecía los lunes en la sección de Madrid de El País, espacio en el que, más que sobre la actualidad, reflexionaba sobre el pasado de la capital y el suyo propio.  Eugenio, el transgresor, evitaba los temas espinosos de la política, en una censura autoimpuesta, para no ir a contrapelo de la línea editorial del periódico ni irritar a quien le había ayudado.  Su mudanza a Salinas no le impidió seguir escribiendo su crónica madrileña hasta que la muerte de Jesús del Gran Poder hiciera rodar su cabeza por gentileza de sus sucesores. El periódico asturiano La Nueva España resultó beneficiado con su colaboración hasta su muerte, y desde allí se despachaba a gusto, repartiendo estopa y dando rienda suelta a su pensamiento crítico con total libertad.

“No trabajo por amor a la escritura, sino para sobrevivir”, solía decir.  Vehemente defensor del buen uso del idioma, su estilo era llano y directo.  Cosmopolita, amante de los clásicos, conocedor de la poesía española del Siglo de Oro y con una sólida formación humanística fruto de sus estudios de Filosofía y Letras. Había algo quevedesco en su estilo y personalidad y presumía de recurrir constantemente al diccionario como herramienta indispensable para utilizar el léxico con rigor. “Cuando falta el aprendizaje, o sea, la enseñanza, la lengua se convierte en el tosco instrumento de expresar necesidades elementales e intercambiar ordinarieces,” escribió en El País.

Encuentro en Salinas

A finales de agosto pasado mi hija y yo lo visitamos en Salinas.  “Soy el pretendiente emérito de tu madre”, fueron sus primeras palabras cuando los presenté.  Merendamos en una cafetería debajo de su casa y nos invitó a comer dos días más tarde en el restaurante del Real Balneario de Salinas, con una estrella Michelin. Esto lo digo para dejar constancia de que, a pesar de su precaria situación económica, Eugenio era refinado en sus gustos y, sobre todo, espléndido con las personas que quería.  De nada sirvió mi insistencia en ir a otro sitio o que invitara yo.  Quiso echar el resto en aquella comida con nosotras.

Sentados junto al gran ventanal del restaurante, se comportó como “é-un-genio” y figura,  haciéndonos reír con el espectáculo de bañistas sobre la arena que intentaban dorar sus tocinos en uno de los pocos días en que el sol se dejó ver por el Cantábrico. Nos habló con cariño y nostalgia de sus padres, ambos de origen humilde, si bien su padre estudió Medicina, carrera que ejerció con éxito. También recordó su estancia en Berlín,  a donde su padre lo envió, poco antes de que estallara la Guerra Civil, tras su detención  por repartir propaganda de Falange.  Allí vivió, con una familia judía, la euforia nazi en los días previos a los Juegos Olímpicos de 1936.

El periodismo en el laberinto, libro de José Manuel González Torga, publicado recientemente, dedica un capítulo a Eugenio Suárez y a Emilio Romero y fue otro de los temas que surgieron. Ser recordado era, sin duda, un motivo de satisfacción.

Salvador de judíos en Budapest

El gran tema de conversación fue su estancia en Hungría, recogida en su libro Corresponsal en Budapest, escrito en 1946. Una joya, de prosa impecable y bien documentada de quien supo captar el alma y la historia del pueblo húngaro y el horror de la invasión alemana. La Fundación Mapfre lo reeditó en 2007.

Eugenio Suárez fue el único periodista español en Budapest durante la ocupación alemana. Recorrió el gueto y entró en las casas dando testimonio de las condiciones infrahumanas en las que vivían sus infortunados habitantes.  Junto a Marichu, su mujer, salvó la vida a algunos escondiéndolos en su casa a las afueras de la ciudad.  Uno de ellos, Georges (Yuri) Angyal, lo visitó en Madrid años más tarde para agradecerle el haber salvado la vida con una carta que Eugenio escribió en la que certificaba que era su secretario y que sirvió como salvoconducto para abandonar Hungría.  Para entonces Eugenio ya no se acordaba de su nombre ni de la carta,  porque ni contabilizaba sus buenas obras ni se vanagloriaba de ellas.  Socorrer al perseguido le parecía lo más natural y ahí estaba su grandeza. Se han mantenido en contacto hasta ahora y una fotografía de ambos en los Alpes franceses aparece en Caso cerrado. Ayer, cuando lo llamé para darle la triste noticia, estaba consternado. Según me contó, Georges Angyal ha solicitado para él el título de Justo Entre Las Naciones que honra a aquellas personas que, sin ser de confesión o ascendencia judía, prestaron ayuda de manera altruista y singular a los judíos perseguidos por el nazismo.  Arcadi Espada lo entrevistó mientras escribía En nombre de Franco, sobre  los héroes españoles en Budapest.

La visita de Arcadi Espada a Salinas le obligó a ordenar recuerdos. Los tenía frescos y quiso compartirlos con nosotras aquella tarde. Para Espada, según Eugenio, el encuentro supuso un giro a su libro y la búsqueda de nuevas fuentes pues, Eugenio  sostenía que Sanz Briz no fue un héroe solitario que actuaba por cuenta propia, sino un excelente funcionario que actuó siguiendo instrucciones de su gobierno haciendo cuanto pudo para salvar vidas y cumplir con su deber.

Epitafio: “Jamás recibió una subvención”

Buscaba editor para la segunda parte de sus memorias, Toser y contar, —“que es lo que hacemos los viejos”—, y para La democracia oxidada,  ensayo en el que reflejaba su preocupación por el deterioro de las instituciones. “A partir de los 70 años nadie tiene derecho a mentir.  Nunca se debe mentir, aunque se pueda ser comprensivo con el jovencito que lo hace para ascender en el mundo profesional. ¡Pero a los setenta años!  A partir de esa edad, cuando ya no hay ascensos ni prebendas, no tiene justificación la mentira.  ¡No la tiene!”, decía con justa indignación sobre quienes han querido adornarse al final de su vida.

Nos invitó a conocer su piso, una vivienda amplia, pulcra y confortable, con algunos muebles buenos que daban empaque a las estancias.  Estaba en una de las altas torres que afean la costa de Salinas, pero con una vista y unas puestas de sol que quitan el hipo.  Al entrar en el portal se detuvo brevemente, nos miró muy serio y dijo: “En mi epitafio debería poner: jamás recibió una subvención.”  Políticamente incorrecto, despreciaba a partes iguales a los trepas, los enchufados y a los pelmas.  Y a los mentirosos que agitan la bandera de la manipulación. Alejado del ruido de la calle Sagasta, olvidado por algunos, pero recordado por todos los que le quisimos y tuvimos la suerte de escucharlo.  Había conseguido un buen arreglo con Mari Luz y Agustín, el matrimonio que vivía en su casa y lo cuidó hasta el final, evitándole terminar en una residencia.  “Yo no me veo compartiendo habitación con un paisano de boina calada,” decía.

Las ilusiones que no nos han podido quitar

“Lo que hay que hacer,” me dijo en un email cuando le envié las fotos de nuestros encuentros en Salinas,  “es fijarse con atención en el pasado, adivinarlo de nuevo y hacerse las ilusiones que no nos han podido quitar, quizás porque no merecía la pena. Aunque nada nos impide diseñar y reescribir lo pretérito, que me parece no tener recargo en Hacienda.”

Su último correo electrónico fue una felicitación navideña, enviada el 14 de diciembre, firmada como EUGENIO, EL IRROMPIBLE (las mayúsculas son suyas).

Irrompible porque su mayor logro fue su capacidad para adaptarse, como prueba su mudanza a Salinas a los ochenta y seis años cuando la vida en Madrid se le hizo económicamente difícil. Era un superviviente nato; como un muñeco tentetieso que después de cada golpe recupera su verticalidad.

En su “creciente penumbra” [sic], con la certidumbre de estar ya en el tramo final, Eugenio, El Irrompible, vivió sin rencor, haciendo gala de ese humor inteligente que es patrimonio de las mentes brillantes. Supo sacar provecho de la adversidad y su ruina económica enterró al empresario, pero resucitó al periodista, al corresponsal que vivía al día, escribiendo a ras de suelo, sin perder contacto con la realidad y levantando acta de los males que nos aquejan, compartiendo sus vivencias de viejo solitario (perdón por no utilizar eufemismos, pero él no lo consentiría) en numerosos artículos, uno de los cuales, A la vuelta de la esquina, publicado en 1993, le valió el premio González Ruano.

Nunca, en los casi diez años que duró nuestra amistad, le escuché una queja, un lamento, un comentario que destilara la amargura de quien ha tenido y perdido casi todo. Supo encontrar nuevas ilusiones y conservó hasta el final lo más importante: la dignidad, el sentido del humor y la disciplina y talento para seguir trabajando hasta el final en lo que mejor sabía hacer: escribir.

En Asturias, tierra de sus ancestros, junto a Avilés, ciudad donde conoció a Marichu, el amor de su vida, tuvo el reconocimiento y cariño de sus paisanos y de los que nos acercamos a verle.  Sus peores pérdidas no fueron las materiales.  Arrullado por las olas del Cantábrico hacía recuento y dos nuevos golpes le sacudirían: el fallecimiento de sus hijos Jaime y María Eugenia.  Cuando la muerte le sorprendió  ya le había arrebatado a cinco de sus siete hijos.  Fue también allí donde tuvo la mayor alegría de sus últimos años: el reencuentro con su hijo Borja.

Parecía recién caído del guindo al darse cuenta, cuando la parca lo acechaba, de que lo más grande que había hecho no fue crear El Caso, sino salvar vidas.

“No me arrepiento de nada,” me dijo poco antes de despedirnos.

Una vida de película que se terminó a los noventa y cinco años. Demasiado pronto para quienes teníamos todavía mucho que aprender de él.

Igor Barreto. Lírico mestizaje

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Por Jorge de Arco

Bajo el título de “El campo / El ascensor”, se reúne la obra completa de Igor Barreto (Venezuela, 1952). Treinta años de creación (1983 – 2013),  que se han visto refrendados con diez poemarios, los cuales se presentan aquí y ahora en sus versiones definitivas.

Considerado como uno de los poetas venezolanos más importantes de su generación, Barreto ha sido profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela y editor de la colección de traducciones de poesía Luna Nueva de Caracas, y -junto a otros intelectuales de su país-,  de la revista de opinión cultural y política “El puente”. En la actualidad, colabora como articulista en los diarios “El Nacional” y “El Universal”.

 

El propio Igor Barreto confesaba en una reciente entrevista el porqué del haber titulado así este grueso volumen, y apelaba a las palabras del poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade que sirven como cita inicial de la compilación: “Cuando estoy en el campo pienso en el ascensor, cuando estoy en el ascensor pienso en el campo”; y añadía, que con  ello quiso  “dar cuenta de la dualidad de  conciencia de la cultura latinoamericana, que es una suerte de mestizaje  geográfico entre elementos del mundo rural y elementos del mundo urbano y moderno”.

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Antonio López Ortega ha estado al cuidado de la edición y ha escrito un esclarecedor prefacio que sirve como guía para sumergirse en el decir del vate venezolano: “La poesía de Barreto tiene también un efecto reconciliador (…) Habría que reconocer en sus versos un acto de fe en el mundo, una invitación a la contemplación más depurada, más diáfana”, anota.

Invitación, sí, para que el lector indague de forma cómplice en la realidad de un universo personalísimo, veraz, solidario. Porque la lírica de Barreto es capaz sostener un diálogo con el ayer y el mañana de su identidad, mediante un discurso que asombra por su honda y sorpresiva dicción, por su conocimiento y emoción: “La vida de un hombre transcurre construyendo, afinando una o muchas historias (…) Estos relatos desarrollan con fuerza realidades profundas. Refieren de manera sesgada el mundo íntimo del que cuenta, sus intereses y preocupaciones: ésas son las historias esenciales. Las busco, las descubro y las elaboro en forma de poemas”.

 

En este itinerario que abarca tres décadas de quehacer, la voz de Igor Barreto adquiere distintos matices, diferentes tonalidades, mas en su conjunto se advierte una propuesta común: la elaboración de un lenguaje que represente con certidumbre  la autenticidad de su mensaje. “La poesía nace de cientos de kilómetros de tierra analizada, al mirar los ríos formando cadenas unos con otros y ser la vida tan semejante”, escribe el autor hispanoamericano; y de su aserto, bien podría derivar la convicción de que su creación se articula desde la dicotomía que confronta al Hombre y a la Naturaleza que lo cobija -o  lo desafía- en derredor.

 

Ordenados de forma cronológica, -excepto “¿Y si el amor no llega?” (1983) y “Soy el muchacho más hermoso de esta ciudad” (1986), que se recogen bajo el epígrafe común de “Primeros libros”, los ocho volúmenes restantes, “Crónicas llanas” (1989), “Tierranegra” (1993), “Carama” (2000), “Soul of Apure” (2006), “El llano ciego” (2006), “El duelo” (2010), “Carreteras nocturnas” (2010), y “Annapurna” (2012), signan el tiempo y el espacio de un poeta de sugerente introspección: “Leo el poema, y allí combaten la imaginación y la lucidez”.