Del sueño y del insomnio

depoesiaIberoamericana

 

Por Jorge de Arco

 

Uno lee el primer poema del nuevo libro del mexicano Margarito Cuéllar, “Las edades felices” (Hiperión. Madrid-Monterrey, 2013) y se queda pensativo. Son sólo quince versos, pero encierra todo un  mundo de sugestiones, de advertencias, de sacudidas interiores. “Ciudades” es su título. Y aquí están Comala, Luvina, Gomorra y Sodoma, y junto a ellas, capitales de hoy, con adjetivos sorprendentes “Bogotá la Horrenda, Quito la Invisible,/ México la Infame”. Sentencia: “Ciudades a las que se entra y no se sale”. El poema siguiente, “Mudanzas”, es una continuación del anterior, y en el llama a esas capitales “…corazones portátiles/ auspiciados por usura y no por alegría”.

¿Con qué ánimo, tras tal umbral, inicia el lector su entrada en este libro? Claro que si repara en el epígrafe que nomina su primera parte, su primer tramo, ajustaría su mente: “Cuaderno del insomne”. Podría llamarse también “Cuaderno del que sueña”. Porque su torrente verbal -el del insomne, el del dormido- se apodera del poema. Cuéllar sabe que “en los campos de libretas amplias/ las palabras se mueven a ritmo solar” (Kafka queda al fondo, con su predilección por los cuadernos sin rayas), como sabe que “los autos cortan la respiración de las leyes de la poesía”: ya lo dice en su prologo Luis Alberto de Cuenca: “Leer a Margarito a cualquier edad (…) es una fiesta del lenguaje en la que se levantan arquitecturas efímeras de palabras hermosas en honor de la vida”.delsueño

Pero me he detenido en el primero de sus apartados. Y el libro regala cuatro más: “Picnic”, “La vida de un instante”, “Las edades felices” y “Balas perdidas”, a lo largo de los cuales se sigue desplegando “el vendaval ingobernable de sus versos”. Y así le vemos hacer cuadritos de hielo con la realidad, oímos el sermón de las momias, asistimos a una fiesta en la que el poeta baila y llora mientras la fiebre le toma el pulso, o leemos la carta de un sicario al Señor de los Cielos: “No me cierres la puerta ni me hables del infierno:/ ese ya lo vimos tus hijos en la tierra”. Por estas y por tantas otras cosas, el poemario de Cuéllar chisporrotea entre los dedos, quema, hiela el afán, salpica al lector de espuma oscura, lo signa con su temblor: Mas, pese a ello, “hay un olor a lilas y a muchacha en todo esto”, y ello equilibra las conciencias, y reconforta.

Allá por 1668, Fray Andrés Ferrer de Valdecebro, dejó escrito un alejandrino que Cuéllar pone ahora al frente de su poemario: “El día en que vivimos la muerte lo divide”. Se extiende el fraile en otros disquisiciones, pero yo entiendo esa división como una frontera entre el sueño y la vigilia. Símil de la muerte es el sueño, y el tiempo apoya en él su fugacidad. “Un punto es lo que vivimos”, dice el fraile. Y Cuéllar lo tiene bien asumido.

Rico en experiencia, este mexicano de San Luis Potosí, suma a su bibliografía títulos muy significativos; entre los más recientes están: “Pata de perro” (2011) y los tres aparecidos en 2012, “Cuaderno para celebrar”, “Animalario” y “Música de las piedras”. Como él mismo escribió en su “Festival de poesía”: “¿Reposar? Alta es la música”. Por eso no descansa.