Memoria campesina y lectora de J.J. Barriga Bravo

 

Por José Manuel González Torga

 

Desde luego no es un libro al uso, éste de José Julián Barriga Bravo: “Calleja del Altozano/ Memoria de un lector inexperto” (Beturia Ediciones. Madrid, 2012). Entre la modestia y la majeza, por no decir la chulería, el autor anticipa un aviso: “Este es el libro de las contradicciones. Quien lo escribe no es escritor, aunque se haya ganado la vida llenando folios y resmas. Lo escribe un lector que siempre ha denostado a los escritores de libros superfluos. Sobre lo que ahora escribe, no tiene nada claro que no sea un libro más de los infinitos prescindibles…Pero el lector/escritor tiene gustos, digamos que peculiares”.barrigabravo

Bueno, si nos ponemos exigentes, las cosas imprescindibles son muy pocas. Sin embargo, creo a pies juntillas que esta obra no resulta superflua. Puede proporcionar ratos deliciosos, leída en las dosis apropiadas, y con arreglo a edades y circunstancias.

El libro, dividido en las cuatro estaciones del año, data jornadas espaciadas entre los años 1986 y 2007. Y va alternando dos planos temáticos: el campesino, muy rico y preciso para describir tipos humanos, con flora y fauna circundantes; y el cultural, basado en textos que glosan lecturas con sugestivas referencias a biografías.

Él se sitúa en su terruño cacereño, que pinta con viveza. Me ha hecho recordar algo de plumas ya clásicas de las estribaciones leonesas de Picos de Europa, donde están parte de mis raíces: Antonio de Valbuena y José González. O la del santanderino José María de Pereda. Por supuesto no existe mimetismo sino simple asociación de ideas por mi parte.

Muestras del texto

Veamos lo que podría constituir un punto nodal: “9.08.89.- El Corchito es un lugar o un espacio habitado por la melancolía y perdido en la memoria. Por allí, en un pueblo vecino, debe andar mi pequeño paraíso olvidado. Pero allí están mis primeros sentimientos campestres, mis recuerdos culturales originarios: el descubrimiento del paisaje, el ruido de la fragua, los aromas de la campiña, el sabor de las frutas sazonadas. En la memoria, el Corchito es un huerto asentado en un valle entre naranjos, olivos, castaños, alcornoques, con olor a orégano y hierba santa. El Corchito tiene en la memoria, un castaño corpulento y de su tronco brota una fuente de la que la madre sacaba agua para regar un pañuelo de hortalizas. Había también un cerezo, acaso un guindo. El Corchito estaba lleno de trinos de pájaros, mirlos que anidaban en los naranjos y que cantaban al anochecer. Era, en la memoria, un lugar mágico, mi pequeña arcadia, en la que he situado siempre los versos de Virgilio, de Horacio…”
El paisanaje compendia una nómina bien variopinta. Siempre con una escueta inicial, ofrece una veces escenas de retrato al minuto y otras casi esbozos de novela, como en este apunte: “6.08.93.- Por la noche, las campanas anunciaron fuego en La Milana. Las llamaradas que vemos desde la carretera nos confirman que el incendio debe de estar subiendo desde los riberos del Tajo. H., que nos entretiene de madrugada, es un serrano trashumante que tiene historia dilatada. Desde luego es conversador avezado. Él ha sido, junto a su perro, el único testigo y protagonista del comienzo del incendio. Fue hombre honrado y sentencioso. Tenía los mejores mastines, ovejas bien nutridas y una recua de caballos. Bajaba desde Castilla con sus rebaños y cumplía siempre la palabra. Un año, bajó de la sierra sin ganado. Compró un hatajo de ovejas viejas, unas cabras y se convirtió en pastor solitario. Llevaba en arriendo tierras ralas y se dio a la bebida. Pero le gustaba contar historias divertidas. Sabía enhebrar, gesticulando y ahuecando la voz, sucesos fantásticos. Pero ha dejado de ser un hombre respetado. Cuando regresamos, alguien al ver la locuacidad del serrano desliza la opinión de sí las llamas no se habrían originado en el mechero de H.”

Figuras hispánicas

En su elenco de figuras culturales no faltan nombres de Hispanoamérica:
* “Gabriela Mistral, el primer premio Nobel de América Latina, está olvidada. Ni siquiera los versos escolares se recitarán en las escuelas, como obligaron a memorizar uno de sus poemas a aquel adolescente tímido y sentimental. Fue el Nocturno de Gabriela Mistral que invocaba con desesperanza a un padre nuestro que estaba en los cielos y que nos había olvidado, aunque se acordara del fruto en febrero al llagarse la pulpa rubí….Y el escolar de aquellos años no acababa de comprender aquel pasaje de los frutos de febrero, cuando en febrero solo había escarchas y, si acaso, algunas magarzas en los ribazos más templados. Pero aquellas otras explicaciones de nombres tan eufónicos como Antofagasta, Araucanía le abrían un mundo de ensoñaciones…”

* “El viento es el principal protagonista de uno de los relatos de Juan Rulfo. Se titula Luvina y siempre que escucho el ruido del ventarrón de verano, me acuerdo de Rulfo y de Luvina. Es un viento que todo lo consume y lo esquilma y, lo que es más importante, debilita la vida y turba el ánimo de los campesinos. Es el viento que gime, que no deja crecer las plantas de la tierra arrasada. En Luvina el horizonte está desteñido, no hay cielo azul; la arena y la tierra levantada por el viento lo nublan…”. Barriga Bravo encuentra alguna aproximación entre personajes callados de Rulfo y viejos convecinos poco propicios a entrar en conversación. Pese a ello, se interroga: “¿Cuál es la razón del éxito y del prestigio de Rulfo, tan escaso, tan áspero, tan rural?”.

Las páginas de “La Calleja del Altozano” se paladean como una fruta en sazón, tomada directamente del árbol. Entre el ramaje, echo en falta titulares y ladillos que apuntaran las variedades que van quedando a mano. A lo mejor sólo es una deformación profesional por mi parte. El autor estaba actuando como escritor y descansaba de su labor periodística.

Periodista y escritor

Conozco a Barriga desde sus primeros pasos en la Redacción del diario “Hoy”, de Extremadura, con su brillante carrera posterior, que incluye las agencias “Pyresa”, “Efe” y “Servimedia”, los diarios “Pueblo” y “Ya”, la Cadena radiofónica COPE o la revista “Tiempo”. Sin olvidar su paso por la Administración del Estado, como director general de Relaciones Informativas de la Presidencia del Gobierno, bajo el mandato de Adolfo Suárez.
Sabía, por tanto, además, de su gancho como columnista. Ahora descubro su alta calidad de escritor. Me entero, de paso, que compartimos una afición común por las librerías de lance.

Con respecto a su confesada condición de “lector insaciable, pero inexperto”, el segundo calificativo no va más allá de un fingimiento literario. Le sobran horas de vuelo para tener que recurrir a viejos manuales como “Arte de la Lectura”, de Rufino Blanco, o “El Arte de Leer”, del que fuera miembro de la Academia Francesa, Emilio Faguet, traducido por José Francés. Así, en justa correspondencia a su juego, quedan citados a título de pura eutrapelia.barrigabravo

Vargas Llosa, ponente estelar sobre Roger Casement

 

Por María José López de Arenosa

 

La presentación, el pasado 10 de octubre, en la madrileña Casa de América, de la exposición Roger Casement en Iberoamérica: El caucho, la Amazonía y el mundo atlántico, 1884-1916, se organizó con una mesa redonda en la que Mario Vargas Llosa, como ponente estelar, ofreció una disertación sobre este irlandés, luchador por los derechos de los pueblos indígenas.

Como ya hiciera años antes en el Congo belga, Roger Casement recogió testimonios e imágenes de la explotación y crueldad a la que se sometió a las poblaciones indígenas de la región cauchera del río Tupumayo, en la selva peruana. Torturas, amputaciones, asesinatos, explotación infantil… son algunas de las atrocidades cometidas en la obtención del caucho, materia prima codiciada para la industria en una incipiente globalización. Atrocidades que fueron minuciosamente narradas por Casement en su Informe sobre el Putumayo, tras recoger los testimonios de víctimas, verdugos y testigos. En la exposición de Casa de América, en colaboración con la Embajada de Irlanda y la Secretaría General Iberoamericana, pueden verse algunos de los documentos y fotografías (muchas tomadas por el propio Casement) que le sirvieron como base para dicho informe.

 

casement

Al hilo de este acto, me parece oportuno hacer un paralelismo que ofrezca una nueva dimensión al tema, trayendo la figura de Joseph Conrad, quien comparó a Roger Casement con Bartolomé de las Casas. Poco tienen en común Conrad y Casement, salvo que ambos habían hecho, por separado, la travesía en barco de vapor hacia el alto Congo. Un mismo viaje, con consecuencias y relatos muy distintos. La travesía de Marlow, protagonista de la novela El Corazón de las tinieblas, por el río Congo, catapultó a Conrad al altar de las letras inglesas. El joven irlandés Casement, por su parte, culminó sus veinte años en el corazón de África remontando ese mismo río para recoger testimonios para su Informe sobre el Congo, encomendado por el británico Foreign Office y publicado en 1903, que lo convertiría en un precursor en la lucha por los derechos humanos.

Si en el viaje de Marlow por el río Congo, Conrad nos muestra, en clave de ficción literaria, a los nativos como salvajes que sirven de telón de fondo al horror de la pesadilla vivida por un occidental, en el Informe sobre el Congo, de Casement, son los nativos, en su papel de víctimas, los verdaderos protagonistas de una realidad desconocida para la mayoría de los europeos, que convulsionaría a la autocomplaciente sociedad británica. La presión internacional que generó este documento fue tal, que obligó al rey Leopoldo II (a quien Vargas Llosa se refirió en su disertación como el primer gran genocida del siglo XX) a renunciar a este territorio como su propiedad particular, en favor del Estado belga.

Un mismo viaje, dos visiones distintas y un antes y un después en las vidas de ambos y en la Historia. Conrad fue elevado a los altares de las letras inglesas gracias; en buena parte, al influyente crítico literario F.R. Leavis, para quien era uno de los cuatro mejores novelistas de la literatura inglesa, junto a Jane Austen, Henry James y George Eliot. Algo notorio para un polaco que aprendió inglés a los veinte años. En ese panteón de novelistas ilustres permaneció sin discusión hasta que Chinua Achebe lo vapuleó en su artículo Una imagen de África: racismo en «El corazón de las tinieblas» de Conrad, publicado en 1977. El escritor nigeriano lo acusó de “racista flagrante” por presentar una imagen de África distorsionada y estereotipada que niega a los africanos de identidad, cultura y lengua. A partir de ahí, la crítica literaria postcolonial lo ha atacado sin tregua.

Por su parte, a Casement, su Informe del Congo, publicado en 1903, su experiencia en horrores lo convirtió en una celebridad y lo llevaría después a América, enviado por el Foreign Office, para investigar, también allí, los abusos en la extracción del caucho. De vuelta a Europa dedicó los últimos años de su vida a la independencia de Irlanda. Tras su ejecución en la horca, acusado de alta traición, al considerarlo las autoridades británicas agente provocador en el denominado Levantamiento de Semana Santa, el nombre de Roger Casement caería en el olvido, incluso en su patria, Irlanda.

No voy a valorar ahora las acusaciones de Chinua Achebe, que merecen un análisis literario y tratamiento académico que no corresponden a este espacio. Pero sí me gustaría resaltar, siguiendo con este paralelismo entre los respectivos legados de Conrad y Casement, que la publicación de la biografía novelada de este último, El sueño del celta, en 2010, escrita por Mario Vargas Llosa, lo rescató, según palabras de Angus Mitchell, comisario de la exposición, del basurero de la historia para situarlo en el lugar que le corresponde.

Sirvan esta exposición en Casa de América, la mesa redonda organizada por esta misma institución y la novela de Vargas Llosa para recordarnos que, aunque hayan transcurrido más de cien años, la esclavitud infantil sigue vigente en algunas zonas del mundo, que todavía ciertas materias primas se obtienen con la explotación y tortura de poblaciones indefensas y que los derechos humanos aún no son universales. Como exclamó Kurtz, antes de morir en El corazón de las tinieblas: “¡El horror! ¡El horror!”