Ciao, Ciao, bambino

 

Por Pedro Shimose

 

Silvio Berlusconi (Milán 29.09.36), ex primer ministro de Italia, es un personaje mitológico extraviado en su propio laberinto. Se confundió de época, de país y de oficio. Magnate del Siglo XXI, gobernó Italia como un príncipe renacentista. Arrecho hasta las cachas, confundió la Italia republicana con la Roma imperial de la decadencia. Compró el Milan EC, como se compra un circo de gladiadores, dueño de Fininvest –poderoso grupo de comunicación social- convirtió su mansión en un harén particular, donde retozaba con golfillas que, a raíz de la dimisión de “Papi” Berlusconi, han quedado huérfanas y con el culo al aire.

Si Nerón tañía la lira y recitaba poemas mientras Roma ardía, “Il Cavaliere” tocaba el piano y cantaba mientras Italia se deslizaba por la pendiente de la ruina. (En plena crisis, Berlusconi anunció la salida al mercado de su quinto CD con canciones románticas compuestas por el). Si los seres humanos soñamos con la inmortalidad, los políticos se desviven buscándola desesperadamente. En el fondo, “Il Cavaliere” con todas las mieles del poder, ya libadas, sigue creyéndose una mezcla explosiva de Hugh Hefner (dueño del emporio Playboy y sus conejitas) y Frank Sinatra, capaz de hechizar –con su voz de “crooner” latino- a todas las ninfas que se le cruzan por su camino alfombrado de euros y tarjetas oro y platino. Empresario y político cachondo, corrió como un fauno rejuvenecido por implantes de cabello y múltiples cirugías estéticas, tras jovencitas casquivanas convertidas luego en ministras, diputadas y concejalas municipales, gracias al padrinazgo de “Papi” Berlusconi.

En el foro lució su verba en defensa de Mussolini e hizo gala de su erudición al sostener que Roma había sido fundada por Rómulo y Remo. Con ese bagaje intelectual, “Il Cavaliere” viajó a Nueva York para promocionar a Italia: paraíso de inversionistas. En Wall Street, traicionado por el subconsciente, no se le ocurrió otra cosa que decir “Somos el país más americano de Europa. Solo tenemos un 16% de comunistas y nuestras secretarias tienen unas piernas de vértigo. Son las más bellas del mundo. Íd a invertir y morir en Italia”. (El Mundo/Madrid 26.09.2003).Los resultados no fueron los esperados porque los “brokers” estaban ocupadísimos en dinamitar el sistema.

Erotómano, Berlusconi es un sátiro que cree en el psicoanálisis, pero cree más en la viagra. Si hubiese nacido en la antigüedad pagana, nadie le habría reprochado este chiste que el mismo cuenta con in disimulada complacencia de chulo arrabalero: “En una encuesta se preguntó a las mujeres si se acostarían con Berlusconi. La pregunta era: ¿Usted haría el amor con el primer ministro?. Un 30% dijo que sí y el 70% preguntó: ¿Otra vez?”.

El periodista Indro Montanelli (1909-2001) se enfrentó a Berlusconi y perdió la partida. Desde el epílogo de su celebérrima “Historia de Roma” publicada en 1959, Montanelli nos recuerda que “tal vez una de las desdichas de Italia sea esta precisamente, tener por capital una ciudad desproporcionada por su nombre y su pasado, con la modestia de un pueblo que cuando grita ¡Forza Roma!, alude tan solo a un equipo de fútbol.
No imaginó, entonces, que su enemigo fundaría, 35 años después, un movimiento político llamado “Forza Italia” que más que un grito patriótico es un orgasmo cósmico. Así discurre el despelote de Occidente.

Capitán Juan de Saavedra: de Valparaíso (Cuenca) a Valparaíso (Chile)

saavedra

 

Por José Manuel González Torga

 

He vuelto a los ahora denominados Campos del Paraíso (Cuenca), diez años después de la primera visita a aquellos parajes. Entonces conocí, en Carrascosa del Campo, a Pedro Izquierdo Gismero, con quién tuve ocasión de visitar su parroquia de Valparaíso de Arriba y, en ésta, la capilla con supuestas huellas póstumas de Juan de Saavedra, hijo de este pueblo y capitán, en el siglo XVI, por escenarios de Perú y Chile. En la costa chilena llega al lugar que bautiza como Valparaíso, precisamente por recordarle su paisaje de origen.

El interés por la figura de Juan de Saavedra, que me despertó aquel contacto, continuó latente durante mucho tiempo y, en fechas más próximas, quedó reforzado con relecturas y otras búsquedas, capaces de motivar un nuevo viaje y la decisión de escribir unas impresiones sobre el tema.

El conocimiento extendido sobre Juan de Saavedra resulta escaso, fragmentario y contradictorio, como vamos a comprobar. Ahora bien, eso mismo, lejos de disipar la curiosidad, contribuye a avivarla..

Menciones de un cronista de Indias

En el transcurso del propio siglo XVI, el capitán Pedro Mariño de Lobera, en su “Crónica del Reino de Chile”, sobre la que efectuó correcciones el jesuita Bartolomé de Escobar, hace figurar menciones a Juan de Saavedra, que compartía su graduación castrense.
Mucho después, en el siglo XIX, el historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna, en su “Historia de Valparaíso” (de 1536 a 1868), dejaba sentado que “Juan de Saavedra era castellano, como Almagro, y había nacido en un pequeño pueblo llamado Valparaíso, en las inmediaciones de la ciudad de Cuenca”.

Saavedra, distinguido como el capitán favorito de Almagro, debió cumplir una orden de éste, al frente de treinta jinetes, para efectuar una descubierta. Sigue siendo Vicuña Mackenna quien imagina el cotejo paisajístico, aportando, me parece, un cierto coeficiente de exuberancia imaginativa: “…el diligente capitán descendió a la costa y, serpenteando por entre los montes y riscos de sus playas, llegó al fin a un valle estrecho y sombrío, poblado en su fondo y laderas de hermosos árboles que daban horizonte a una bahía remansa como un lago. El aspecto de aquel sitio agreste, rodeado por doquier de elevadas colinas, trajo al conquistador castellano la memoria del patrio cortijo, en que las selvas, los arroyos y los cerros formaban panorama análogo; y, como un voto y un recuerdo, le dio su nombre”. Nada menos que Valle Paraíso o Valle del Paraíso, con la contracción preexistente en el modelo: Valparaíso.

Pedro Izquierdo como divulgador

De Pedro Izquierdo Gismero conservo, con sendas dedicatorias, dos publicaciones: una separata de su trabajo “Fundación de Valparaíso de Chile 1536, Juan de Saavedra. Valparaíso de Chile – Valparaíso de Cuenca” (Revista “Cuenca”, nº39) y el librito “Noticias de los pasajeros conquenses a Indias (1492-1599)”. Incorporan una bibliografía de cierta amplitud y, genéricamente, el autor alude a historiadores chilenos, franceses y españoles.

“Valparaíso de Chile –escribía Pedro Izquierdo Gismero- nació donde un estrecho y profundo valle desembocaba al mar. Llamado el Valle de Quintil. La fundación comenzó en los primeros días del mes de septiembre de 1536, cuando fondeó en las aguas que le rodean un barco llamado “Santiaguillo”, que traía víveres, equipo y herrajes para las cabalgaduras de la expedición de D. Diego de Almagro, “…e venía mal acondicionado e hacía mucha agua e no traía ya estopa ni pez para se poder calafatear…” esta cita viene en una carta de los días de la expedición para indicar el mal estado del barco. El fondeadero, que entonces no tenía nombre, estaba situado “…en un punto de veinte leguas delante de la cabecera de Chile” y tras la playa había un pequeño poblado de indios changos”.

“En documentos muy antiguos –prosigue Izquierdo Gismero- se nos dice que al encontrarse Juan de Saavedra en estas tierras y ver el paisaje, lo llamó VALPARAÍSO porque había nacido en un lugarejo de Castilla la Nueva, “a siete leguas de Cuenca”, llamado Valparaíso. Era tan grande el amor que tenía a su pueblo que quiso dejar para siempre su nombre en las tierras del Nuevo Mundo y en el lugar más hermoso que él había conquistado, dando el nombre de su querido pueblo al puerto que él conquista y funda, cuyo paisaje se asemejaba tanto”.

Víctima de las luchas de banderías entre españoles, en 1544, con el apresamiento del virrey Blasco Núñez Vela, habría sido detenido también Juan de Saavedra, con el trágico final de su ejecución, ahorcado de la rama de un árbol.

Versiones contradictorias

En páginas de la enciclopedia Espasa figura Sevilla como localidad natal de Saavedra y alguna otra fuente indica un Valparaíso próximo a la capital hispalense: se trataría de una finca de San Juan de Aznalfarache, donde, según la tradición, habría situado José Zorrilla la tan conocida escena del sofá entre Don Juan y Doña Inés. Ni siquiera existe seguridad si la denominación de ese cortijo no fue importada precisamente por alguien que hizo fortuna en la ciudad portuaria de Chile. La hacienda de Valparaíso posee, sin duda, sus atractivos; pero no puede competir con Vaparaíso de Arriba en cuanto a cuna del capitán Saavedra. En los últimos años la finca sevillana ha sido objeto de litigio sobre su titularidad, después de la utilización de parte de la misma para acoger a grupos en retiros espirituales.

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Otra versión circulante maneja la hipótesis del retorno de Saavedra, con vida, a España y su fallecimiento aquí. Carecemos de pruebas al respecto, si bien tal improbable posibilidad permitiría explicar con menos dificultades la existencia de restos del cadáver en la capilla de la Iglesia de San Miguel, en Valparaíso de Arriba. De otra manera resulta muy rara la llegada de tales despojos, como el cráneo atribuido, que está incrustado en el centro de la cúpula de dicha capilla.

La iglesia del pueblo cuenta actualmente como párroco, compartido con otras parroquias, con Ricardo Sousa Carballo, cuya amabilidad facilitó la reciente visita.

En el exterior del templo, sobre composición en azulejo, se homenajea a cuantos españoles protagonizaron hazañas en el Nuevo Continente. Y, en particular, a Juan de Saavedra, “hijo ilustre de estos lugares, fundador, en 1536, de Valparaíso, en la actual República de Chile”.

El nombre de Juan de Saavedra realza, sin duda, la importancia de Valparaíso de Arriba, muy despoblado y que solo en verano recobre una cierta concurrencia. En la Mancha Alta, no lejos de Valparaíso de Arriba y de Valparaíso de Abajo, existen otros puntos que merecen ser conocidos sobre el propio terreno, como Uclés, con El Escorial de La Mancha; o Segóbriga, importante yacimiento arqueológico celtibérico-romano. Y no son los únicos focos de atracción. El gran salto, de todos modos, sería del Valparaíso conquense al Valparaíso chileno. El capitán Saavedra lo hizo.