Sobre lunas y lunáticos

lunas y lunaticos

 

Por Pedro Shimose

 

Cada aldea, cada villorrio, cada pueblecito o “pueblito”, como decimos tierra adentro, tiene sus tontos y sus locos. Y si no los tienen, los inventan.

El poeta español Juan Ramón Jiménez cuenta que yendo montado en su borrico, los niños de su pueblo le seguían, gritándole: “el loco! ¡el loco! ¡el loco! (“Platero y yo”, viñeta VII). Como ustedes saben muy bien, aquel “loco” ganaría, años después, el premio Nóbel de Literatura.

Otros no tuvieron tanta suerte. La capital de Suecia, Estocolmo, tuvo dos locos insignes: Emanuel Swedenborg (1688-1772) que huyó a Londres a consumar allí sus éxtasis místicos y a August Strindberg (1849-1912) que nunca obtuvo el Nóbel de literatura, agravio con que su país premió a este escritor extraordinario. El primero hablaba con los ángeles y el segundo dialogaba consigo mismo o sea, con la humanidad. Por eso sabía tanto de demonios que en su obra aparecen disfrazados de seres humanos.

En el pueblo francés de Arles vivió un chalado famoso: Vincent van Gogh (1853-1890). Allí, el artista holandés pintó el mundo tal como él lo veía: deforme, ornado de colores chillones, impregnados de estallidos iridiscentes y destellos cósmicos. Por eso lo llamaban loco y nadie daba un bledo por su pintura, rechazada en los salones de arte de la época. Vivió en la indigencia, peleado con el mundo. Ahora lo llamamos genio de la pintura y sus cuadros se cotizan en millones de dólares. ¿Quién estaba loco?.

Un legendario pintor boliviano llamado Arturo Borda (1883-1953, alias “el loco Borda”) escribió un libro voluminoso titulado “El loco”, con el que demostró que no estaba loco. No llegó a cortarse el lóbulo de la oreja como van Gogh, pero tenía la mosca en la oreja, acusado de ser sindicalista, agitador y comunista. La que se volvió loca fue la policía, a la que confundió pintando cuadros en los que se vislumbra el genio. Otro loco famoso fue el cruceño Pablo Alba, al que inmortalizó el compositor Aldo Peña dedicándole una canción titulada, precisamente, “A Pablito Alba”.

Aunque nacido en Lauffen, un pueblo perdido en la Selva Negra alemana, Friederich Hölderlin (1770-1843) es el orate de la ciudad de Tubinga, célebre porque allí estudiaron Hegel, Schelling y Hölderlin. Éste perdió la chaveta al dialogar con Empédocles y los dioses de la antigua Grecia. Con el tiempo su nombre ha sido incorporado con todos los honores al movimiento romántico alemán y su obra poética incomprendida mientras el poeta vivía, es considerada genial. Algo parecido pasó con el escritor francés Gerard de Nerval y con el poeta Italiano Dino Campana.