Humor en el lenguaje

 

Por María Teresa Rivera

 

El idioma de Cervantes es el prodigioso lazo de comunicación entre millones de seres en este singular planeta. En su confluencia conseguimos encontrarnos los hispano-parlantes y es el vínculo más fuerte con España, la “madre patria”.

Uno solo es el idioma, pero a veces uno se pierde en el laberinto del lenguaje regional y los modismos y barbarismos adoptados o inventados en cada país.

En la Argentina, por ejemplo, se ha eliminado del lenguaje hablado (y seguramente también del escrito) la palabra “coger” por el doble retinte que se le ha dado. Si no se usa “coger”, menos se usará “recoger” y al esquivar la palabra surgen expresiones y situaciones ridículas.

Estaba mi esposo de paso por Buenos Aires cuando un amigo le pidió que le acompañara a “levantar” a su mujer para ir juntos a una recepción. Como la señora era un tanto corpulenta, mi esposo se excusó y sugirió que se encontraran en la fiesta.

Imagino el impacto en los oídos de un porteño (habitante de Buenos Aires) que llega por primera vez a España y escucha el verbo coger en forma reiterativa, porque aquí, este verbo ha venido a reemplazar a muchos otros del rico léxico español.

En Chile, se habla de “chiches” con toda naturalidad, porque son unas alhajas pequeñas. En Colombia, un “chiche” es un niño pequeño, y en la Argentina es el juguete de un niño, pero cuidado, en otros países de América, “chiche” es el pecho de la nodriza!.

La “chicha” es una deliciosa bebida de maíz o de cacahuete que se toma en el Perú y en Bolivia. En Venezuela se la hace de maíz o arroz, pero nadie que se tenga por persona educada debe pedirla en Puerto Rico.

Aunque en las Canarias se llame “guagua” al autobús, lo mismo que en Cuba, en la región Andina se podrá solo tomar una guagua en los brazos porque es un bebé.

El Colombia un niño mono es un niño rubio, aunque no sea tan mono –según la acepción de la palabra en España. En México, será un niño “güero”; en Guatemala, será un “patojo canche” y en El Salvador, un “sipote”.

La acepción de los apodos es igualmente variada. A alguien que se llame Jesús, en Venezuela, la llamarán cariñosamente, “chucha”, lo que en el Perú sería una grosería.

Las Palomas tendrían que cambiarse de nombre antes de viajar a Venezuela porque allá causarían revuelo, y la que lleve el sobrenombre de Cuca debe olvidarse de visitar Venezuela y la República Dominicana.

Si alguien está “pelando bolas” en Venezuela es que está sin trabajo o sin dinero, o a lo mejor, sin un amor, pero si una Dominicana pide que le den una bola, solo quiere que la acerquen en el coche, lo que en Venezuela sería “pedir cola” o en Bolivia, “hacer dedo”. En Bolivia “dar bola” a alguien es, prestarle atención.

En Costa Rica tener pena es tener vergüenza y tener rabia es, tener pena!

Los anecdotarios de viajeros que visitan las Américas, serían tan voluminosos como los de americanos que visitan España.

Al dueño de una farmacia en Madrid se le presentó un chiquillo que pidió “una curita para un corte que tenía en el dedo”. “Curitas solo hay en la parroquia” – respondió el farmacéutico- lo que tú necesitas es una tirita.

Un elegante limeño entró en un café céntrico de Madrid y disponiéndose a saborear una taza de esta aromática bebida, se instaló en el rincón mas acogedor y mientras abría su periódico pidió al camarero que le trajera un “café tinto” (tradúzcase en “café solo”). ¿Cómo?, refunfuñó el camarero- sepa Ud. señor que en España solo los vinos son tintos!.

A la hora de la merienda, un Mexicano en Madrid pensará con melancolía en una torta (bocadillo), pero aprenderá pronto a no pedirla en un café en España so riesgo de sufrir las consecuencias.

Con una naturaleza romántica y soñadora, los americanos nos aferramos a arcaísmos que nos hacen hablar de “plata”, refiriéndonos al dinero, cuando hace mucho tiempo que las monedas dejaron de hacerse de este precioso metal. Hablamos de “veladores” cuando queremos una mesilla de noche; de “carro” cuando queremos un coche; decimos fierro al hierro; chapa a la cerradura; pararse en vez de ponerse en pié, y a veces nos sentimos mas a gusto con el español de los Alvarez Quintero que con el actual.

Los nuevos diccionarios de la lengua española registran ya estos americanismos. Necesitamos consultarlo para entendernos?. No llega a tanto la cosa pero no estaría demás revisarlo de vez en cuando. Algunas personas lo encontraran muy “chévere” (algo muy bueno en Puerto Rico), y muy útil, desde todo punto de vista.